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La Coctelera

Cosas que nunca te dije

Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.

27 Septiembre 2006

EL IMPARABLE SOLSTICIO

Si hay algo de lo que siempre te estoy escribiendo, es de la vida misma, y del amor. No hay nada absolutamente en mis cartas que no haga vislumbrar mis sentimientos, las entretelas de mi corazón. Aunque escriba sobre Andalucía o sobre la vejez, sobre perros o sobre una tía en La Rioja, siempre se puede entrever, como si la carta llevara un cristal de aumento, todo lo que pienso, siento y yo misma soy. Cuando escribo de forma manuscrita con la pluma, es como si me pasase el folio por el corazón. Cuando lo hago en el ordenador (últimamente más frecuente de lo que yo quisiera, por lo del sentimiento de adulterio que me causaba al principio dejar la pluma para utilizar el teclado), es evidente que, por cuestiones de peso y tamaño –incluso estéticas-, no puedo pasarme la CPU por el corazón, pero como si lo hiciera. Algunas cartas derramarían sangre por los cables de la impresora, en vez de tinta.

De lo que sé de la vida, es que no es nuestra, sino nosotros de ella. Y que nos ha sido dada –o bien nosotros a ella- para utilizarla con propiedad, es decir, gozando de cada minuto como si fuera el último, sacando todo el provecho a la vida misma como si se fuera a terminar al día siguiente que, de alguna manera, se termina y nunca sabemos cuándo. Que el milagro de la vida es, en sí, un deber intrínseco que implica llevarla a cabo con la mayor dignidad y sin desperdiciar ni un segundo de la misma.

De lo que sé del amor, es que llega en cualquier momento y de cualquier manera. Que no hay que llamarlo, ni buscarlo, ni siquiera esperarlo. De lo que sé de mí, como la persona más cercana y con la que me veo obligada a convivir a todas horas, es que siempre he ansiado el amor como algo susceptible de existir, algo pleno, único, irrepetible. El amor como un trabajo consistente en ayudar a que alguien se cumpla y que, al hacerlo, me cumpla a mí misma. Me cumpla y me complete. Cuanto más impulsivo el amor, es decir, cuanto más irracional, más inmediatamente feliz. Cuanto más reflexivo, calculador y consciente, no es que se haga más humano, sino más aproximado a otro concepto que no tiene, en principio, nada que ver con él. Me refiero al concepto de la prostitución (prostitución por etimología no es más que poner en venta). Hay muchos que no tienen qué comer y prestan su cuerpo para que les den (de comer, digo). No obstante el ser humano aspira a mucho más que la comida. De ahí que existan prostitutos que sí dicen su nombre, mientras que otros hacen lo mismo pensando en otra cosa. Putos son todos, sea cuales sea su estatus y su sexo y su edad: cualquiera que finja, por un interés no amoroso, los gestos del amor, cualquiera que consienta, sin deseo, el deseo de otro para obtener algo distinto del puro gozo carnal. Aquí no cabe la caridad ni la beneficencia: o se hace a gusto o se es puto, se cobre como se cobre: en dinero, en especie, en esnobismo, en fama o en peldaños... Por eso el haberte conocido de la manera en que nos conocimos no me preocupa en absoluto. Lo animal no se equivoca casi nunca, lo instintivo acierta casi siempre. Mientras lo sobrenatural, la razón decidiendo en total lucidez y en plena vigilancia, yerra a menudo. Al menos, en mi caso. Yo contigo decidí –no, ni siquiera llegué a decidir, eso implicaría haber adoptado la determinación de resolver algo que estaba llamado a ser solventado como si de una tarea se tratase- más bien me entregué –voluntariamente aceptado mi destino- al abandono que supone esperar que llegue la luz, el arco iris, la sugerencia. Ahí reside, pues, la garantía de acierto que, día tras día, me convence –si cabe- aún más de que mi abandono ha sido, es y, sospecho, será; mi felicidad por definición.

Sé que en anteriores ocasiones creí escuchar el disparo de salida. A veces eché a andar, otras tan sólo dejé que el tiempo se instalara, como un huésped insólito, sin apenas ilusión, con pretensión de algo pero sin el afán que ello requiere. Pero el amor es una ciencia exacta. No requiere pruebas, no precisa de explicaciones. Aquí no cabe la duda: o se ama o no se ama. Si hay la más mínima duda entonces no es amor.

Yo había llegado a olvidarme de mí misma. Últimamente, no hacía otra cosa que no llevara consigo bullicio, jolgorio, algarabía. Como si la falta de bulla implicara la soledad o la melancolía, parecía que me hubiese propuesto estar toda mi vida de cachondeo. Sin preocuparme de las resacas del día siguiente, ni de la vertiginosa caducidad de las caricias sin sentimiento. Sólo vivir el día a día, con bulla, a castañuela batiente y sin tiempo para otra cosa. Entonces irrumpiste tú. No sé si entraste violentamente o con paso suave. Pero, sobre todo, con paso firme, hacia delante, como tú lo haces todo. Sin dudas, sin vacilaciones. Ingresaste en mi vida una mañana cálida de febrero y ya nunca saldrás de ella. Y fui conociéndote, poco a poco, a ciegas, sin presentir. Sin prejuzgar. Como si fuese a terminarse el mundo –que de alguna manera se termina- y sólo existiera el presente, así me entregaba yo a ti en cada encuentro. Sin temor ni proyecto. Subió el deseo por mis ojos, llegó hasta mi boca. Extraviado y a la vez recuperado. Y tú ahí, concreto, tangible aunque inaccesible para mí en esos momentos. Pero estabas a mi alcance. Me miraste a los ojos el primer día, justo después de haberme follado infinitas veces: metiste tus ojos en los míos y yo ya no vi más.

Y, de repente, como un milagro, te entregaste a mí en la forma que se entrega uno como un jarro que se vacía, sin que le quede nada dentro. Por eso esta vez he escuchado el disparo de salida y he echado a correr y a amarte. Sin gafas de cerca, dejando que todo vaya desarrollándose sobre la marcha. Sin más temores que los propios. Y cada día sucede un milagro aún mejor, un día aún más luminoso, una mañana aún más resplandeciente. Si yo te doy mil caricias, tú me las devuelves multiplicadas por cien mil, si yo te tiendo la mano tú me abrazas entera, si yo caigo, tú me alzas en tus alas y me dejas en un lugar, si acaso, más arriba del que estaba antes de caer. Si yo invento una estrella, tú ya la conocías anteriormente y le das el nombre del recuerdo. Y la haces tuya. Como a mí. Y juntos malgastamos, porque para eso es nuestro, el tiempo, y porque es lo único que con él puede hacerse (con el amor también, a manos llenas). Y juntos devoramos la menuda fruta de los besos con voracidad. Y sentimos el calor de los abrazos seguidos del hola y el frío del adiós de las despedidas nos atraviesa el alma con su filo.

Nunca te lo he dicho pero, justo el domingo después de haber estado en el Parador, en medio del aperitivo con unos amigos colombianos; tuve que ir al lavabo porque algo aprisionaba mis sentidos. Tenía unas irrefrenables ganas de llorar (cosa que hice nada más llegar al baño) y pensaba –no sé por qué- que esa era una de las últimas veces que iba a encontrarme contigo. Así que escribí un mensaje en borrador de mensajes de mi teléfono. Sin enviarlo. Lo dejé preparado para la ocasión. Listo para enviártelo cuando descubriera o me dijeras que no querías verme más. El mensaje decía algo así como: El día que tú no estés, yo miraré esa estrella. Cuando tú no estés, yo besaré tu tierra, tu río, tu trigo. Yo pondré las bridas a tu caballo cuando tú no estés. El día que tú no estés.... Al poco tiempo lo borré. Supe que no tendría que enviártelo.

El imparable invierno se acerca. Y con él, tú. Ambos os vais instalando, os siento llegar. Y llegarás ya pronto. A nuestra casa. Todo manga por hombro. Todo por ordenar. Las bombillas desnudas inaugurarán la luz a unos días llenos de albor, de resplandor. Y yo iré a esperarte. Y ya nunca tendré que dormir sin ti. Y volveremos a despertarnos juntos, a un mundo recién inaugurado, ileso, intacto, virgen. Día tras día. Con el afán de nuevas pasiones o, en su defecto, como decía Lezama Lima, el escritor cubano: utilizaremos las viejas pasiones con igual intensidad que si fueran nuevas. Con el ardor de siempre. Porque, en la vida y en el amor, todo es arder. Ahora y siempre.

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3 Julio 2006

MORIR DE VIDA

El otro día te hablaba de la alegría, del dolor sobre todo. No podía, por menos, dejar de hablar de la felicidad. La felicidad es otra cosa. Es, siempre, otra cosa. Como el amor. Quizá lo que muchos llaman felicidad tienda yo a llamarla gloria, o incluso éxtasis. Una especie, quizá, de abstracción, que no embobamiento, que me llena por completo y me convence de que la elevación al cielo existe en tierra. Para algunos la felicidad puede residir en la serenidad, o bien en la prosperidad, en la fortuna, o incluso en la simple satisfacción. No es lo que yo quiero para mí, en ningún caso. Quizá sea lo que busque con sesenta años, pero no ahora mismo. No me extrañaría que la serenidad fuera un logro a cierta edad. No lo es, al menos de momento, en mi caso. Soy consciente de que el éxtasis, la alegría ilimitada, es una especie de trastorno mental transitorio, una salida de sí mismo, una enajenación o alteración tendente a desaparecer: el hombre o, mutis mutandi, la mujer, no puede habitar en el éxtasis, no puede vivir con los ojos en blanco permanentemente. Se afirma que amar con tiento lleva a la felicidad. Pero los límites de la prudencia, ¿dónde están? ¿Acaso la virtud de la realidad con los pies en la tierra, nos hace más felices? Nos puede hacer, por ejemplo, más reflexivos, más consecuentes, pero no más felices.

Por eso entiendo que el equilibrio entre esa especie de enajenación mental y ese aceptar la realidad con los pies en la tierra es la perfección, camino de la real felicidad. Pero, al menos en mi caso, siempre he ansiado esa enajenación mental, por necesaria, para sentir que la vida merece la pena. Ese andar con los ojos en blanco es lo que me permite levantarme con otra cara.
No aspiro, por tanto, a esa satisfacción o serenidad encaminada a la sabiduría que llega, siempre, cuando no se puede aspirar al éxtasis por cuestiones obvias. No se salta como un poseso de alegría con cierta edad, aunque las ganas no falten. Así que puedo afirmar que mi ansia se centra en el más puro éxtasis, a pesar de saber que éste es precario y fugaz. Pero, ¿no es acaso fugaz la vida también? Si la comparamos con el universo entero sí lo es. Y nadie decide poner punto y final antes de ser llamado a ello. Precario es el disfrute del baño y, sin embargo, todos bajamos la cuesta –para luego volver a subir a casa- hacia el río. Y con tales visos de precariedad, nos sumergimos de lleno en la vida, en los tediosos estudios, en la búsqueda de trabajos de infinitas horas, en las efímeras llamas del amor; nos zambullimos en el río hasta calarnos con la vehemencia que la misma vida nos ha dado, sin pensar siquiera que no siempre vamos a estar aquí, que llegará un día en que todo lo que hemos hecho no signifique nada, ni los estudios, ni el trabajo, ni el amor siquiera. ¿Quién es tan osado de desafiar a la vida, precisamente, por su afán de precariedad y fragilidad? Por eso me permito hablar así del éxtasis, de la gloria, de lo que entiendo yo por felicidad. Su precariedad no quita ni un ápice a su efervescencia. Si estoy en éxtasis es problema mío sentir cuándo he de apearme para dejar paso a otros quehaceres, sin descuidar el amor, que es un quehacer que no se termina de hacer nunca.

La sabiduría es un conjunto de conocimientos dirigidos hacia la vida práctica, culminando en el sosiego. Un sosiego no en plan un oso hibernando, sino el procedente del autodominio, de una cierta intuición, y de la experiencia y la madurez, aunque ésta última no he sabido bien qué es exactamente. Yo, por supuesto, gozo de mí misma en mi propia existencia, y comprendo que hay algo que me excede, y me dirijo a ello, y he escuchado las ofertas de la fortuna y el éxito social y las he rehuido, porque son más efímeras que yo misma y más contingentes que mis propias aspiraciones; para mí nada de esto constituye la felicidad. Porque realmente a mí me exceden las ofertas de amor, de pasión irrefrenable, de adoración ciega, por muy efímeras que también estas resulten. Aquí no trato de mantener equilibrio ninguno. En este caso soy desmesurada, no necesito mantener la calma. Más bien necesito gritar y bailar. Y saltar, a pesar de mi edad ya nada infantil. Acaso sea este todo mi caudal, el que prefiero a éxitos profesionales, o éxito social, o fortunas o fama, este caudal mío está por encima de los tesoros mencionados, porque en él no anochece nunca y es él el que me vacuna contra cualquier posible tentación de alargar la mano en busca de los bienes inferiores. A este día a día y gota a gota que, como una erosión de arena o agua, actúa sobre mis desniveles, mis acritudes y mis crispamientos; a esta personal arquitectura que ha hecho habitable la casa que, hasta hace un año, no lo era, le doy el adorable nombre de felicidad. Son obras que emprendí para andar por mi casa sin tropezar y sin caer: la adecentaron y la pusieron más bella desde que la felicidad se dignó a rozar con su hermosa y breve mano la aldaba de mi puerta.

Siempre me lo he repetido, en voz alta y en voz baja. Siempre se lo he repetido a quien he querido y respetado: Vive el presente con la mayor intensidad que seas capaz. El pasado es un camino, no siempre recto, para alcanzar el hoy; el mañana, si es que te llega, será una consecuencia que ha de traer entre las manos su propio afán. Realmente el presente es casi nada. Es tembloroso, y su estado de ánimo a veces no está destinado a perdurar, pero es lo único que tenemos. El presente ha de prolongarse, estirarse hora tras hora, y todas hieren, menos la última, que mata. No siento remordimientos del pasado, ni temor por el futuro. Quiero sentir que no hay más gozo que el presente –carnal y lúcido, inevitable, inmediato-, o el dolor del presente, enriquecedor y válido también...

Sé que es bobo decírtelo. Sé que temes a la muerte, pero temes más a la vida, y tú bien lo sabes. Pero antes que cualquier, digamos, norma, ten ésta en cuenta: no te separes de la vida. No dejes de abrazarte a ella con fuerza: ni por cobardía, ni por pereza, ni por sensatez. Abandónate a la vida (morir de vida es un buen final), sin que la manche ninguna pasajera tristeza, ningún pesimismo, ninguna sombra tuya. Y pregúntate de vez en cuando para qué estás aquí: quizá sólo estés para averiguarlo. Si puedes, cuando puedas, sé feliz. Pero, aunque no lo seas, no lo olvides: el tesoro del niño está aún próximo a ti, lo tocarás si alargas la mano (la delicada mano), no lo disminuyas a tu costa. Te lo repito: jamás te separes de la vida; por nada de este mundo te separes. Cuando alguien te aconseje por prudencia, desóyelo y aléjate de él. Y recuérdalo a cada instante: la obligación más exigible de un ser vivo –la primera- es vivir: vivir por encima de todo lo demás. La vida es tu oportunidad, la tuya sólo: tus errores, tu inevitable fiesta, tus dudas, tus fracasos, tu muerte intransferible y tan personal. Tu posibilidad, sólo la vida. Sea o no un sueño. Porque hay que vivir el sueño y hay que soñar la vida apasionadamente.

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5 Junio 2006

HACE UN AÑO

El pasado verano reuní mis bártulos para irme con la música a otra parte. Un año ya: Se detuvo a la puerta el camión de mudanzas. Por grande que fuese, quién iba a imaginar que en él cabría la inmensidad de los recuerdos. El tiempo va dejando las huellas de su paso en los cajones. Cuántos libros leídos y aprendidos frente a cuántas ventanas: ocuparán un sitio, frío aún, en diferentes estanterías. Cuántas pinturas que alegraron los ojos a una determinada luz, que ahora será distinta. Cuántos objetos significativos que el corazón hoy recupera antes de que mañana vuelvan a ser recónditos. Y decía yo: Han embalado mi vida. Han cogido mis cosas, que cambiarán de sitio, pero no de propósito. Han empaquetado las ilusiones desvanecidas junto a las que, hasta ayer, me llenaron de flores...

Hoy reflexiono. No dejo de pensar en las tantas mudanzas de mi vida. Sin calcularlo, se aproximan, con pasos de paloma, el tiempo en que era niña, los tibios días de la adolescencia, las evidencias de tantas tardes solitarias, los increíbles viajes, tantísimas entradas de cine, los regalos que una mañana desenvolví sonriente de impaciencia. Manejo pruebas de papel, de seda, de madera, de mármol: testimonios de la que yo fui. Mi mundo entero cabe en el camión de esta mudanza. La colección de brújulas de mi infancia aparece de pronto; la lámina de El paso de la Laguna Estigia de Patinir, el cuaderno de Centauro que un famoso escritor –hoy muerto- me regaló a mis nueve años para apuntar las citas de otros escritores; las cartas que un remoto mediodía me estremecieron... Con mis manos descuelgo el cuadro de La Virgen Lectora: mi abuela me lo dio y me ha ido acompañando siempre, siempre. Dejo caer la mirada sobre una pulserita de niña con una fecha inscrita (en las lápidas también hay inscripciones). Recojo mis artículos personales. Un cepillo de dientes dura más que el amor. Miro mis libros, las dedicatorias maravillosas. ¿Dónde se encuentran las hermosas manos que escribieron esas bellísimas frases?: ¿acaso repitiendo a otros oídos, con la misma dulzura, las dulces frases que hay escritas en estos libros? “Yo opondré a tu abandono la elevada torre de mi divino pensamiento”. No es verdad. Nunca es verdad. “Que tú eres tú: la humana primavera, la tierra, el agua, el aire, el fuego, todo, y yo soy sólo el pensamiento mío”.

Hace un año miraba la nueva casa, estaba sin rematar: toda manga por hombro. Llegaré pronto, me decía, -quizá antes, quizá sea demasiado pronto (el ansia de huir), y padeceré las consecuencias de los, hasta hace poco, monopolios: el gas, la electricidad, el teléfono, el agua se resistirán. ¿Qué importa? Al principio no funcionaban la mitad de los aparatos; la corriente iba y venía a su capricho, lo mismo que mi alma en ese momento, hace un año. ¿Qué importa? Habrá calor dentro de nosotros, pensaba. ¿No va y viene, entre el recuerdo y la esperanza, nuestra alma? Y mi pregunta, absolutamente todo todo el tiempo de mudanza: ¿Funciona de veras mi decisión de poner punto y aparte? Ahora, finalmente, sé que sí. No creo ya que me vuelva a mudar. Una vez llegó Pablo, una vez fui a donde él estaba (y estará siempre), será un punto final. No quiero moverme de donde él está.

Hay preguntas que no conviene hacer. Empezamos un párrafo. No obstante, seremos incapaces de modificar el argumento. ¿Qué muda la mudanza? Escribió Horacio que las penas se montan a la grupa y galopan a la vez que nosotros. Es cierto. Yo también he venido entre tantos enseres, y he traído la añoranza y el deseo y la capacidad de amor intacta. Yo he de esforzarme en construir entre estos nuevos muros un lugar donde no pueda ser traicionada sino por mí misma. Y eso es duro. Y temible. Soy como una solitaria solidaria. Solitaria y sin mí. En las vacías mesas pondré nuevas macetas, nuevos singonios, hijos del que murió a la vez que moría mi alma. Plantaré nuevos ficus, nuevas caléndulas que crecerán en marzo siguiente.... “Esta sangre”, me digo, “debiera ser de piedra”. Pero lo inolvidable también se olvida. Como si por repetirlo, me lo fuera a creer de una vez, me digo una y otra vez: “Sé bienvenida a tu nueva casa. La vida empieza ahora, ahora, ahora”. Qué fútiles somos, qué poco dura un beso, qué poco una sonrisa y, sin embargo, cuánto dura el recuerdo. El recuerdo me acompañará para siempre, siempre. ¿Qué es siempre? ¿Hasta cuándo dura siempre? Supongo que esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo será lo que prolongue mi vida. La prolongue y la salve. A través de esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo, me retendrá la vida con sus insospechadas zarpas de oro. “Bienvenida a tu nueva casa. Bienvenida a tu nueva vida. Bienvenida al mundo del recuerdo. Bienvenida al nuevo paisaje de la memoria. Bienvenida....”

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22 Mayo 2006

MAYO EN LAS ROZAS

Mes de mayo. Demasiado calor. Es de noche, y Ella está justo mirando por la ventana. Entonces te ve. Te reconoce por los andares. Ese caminar tuyo más propio de los cojos que de un chico joven y sano. Vas caminando con un objeto en una de tus manos. Has engordado. Llevas el pelo largo. Has cambiado los zapatos por las zapatillas deportivas. Muchas cosas han cambiado. Ella sigue siendo la misma. Lleva un vestido de tirantes: azul turquesa. Ella se está cepillando el cabello, y lo hace en la ventana. Se acaba de aplicar una refrescante crema por todo el cuerpo, y por eso ha dejado el cepillo sobre la mesilla para extender bien el exceso de crema en el cuello, brazos y pecho. Ella se siente sexy. Entonces es justo cuando tú crees verla. Sabes dónde vive, así que es fácil. Vislumbras su figura en la ventana, con el pelo tan largo, tiene la piel bronceada porque acaba de llegar de pasar unos días en la playa, y tú la ves tan sexy. Ahora ves cómo El la toma por detrás: la rodea con sus brazos y la besa. En ese instante tú llegas a la esquina, y has de torcer para tu casa.

En el camino hacia tu casa, te la imaginas planchando sus camisas, preparándole la cena y cogiendo sus citas para el médico. Te la imaginas con él en la cama. Te la imaginas tumbada junto a él charlando sobre cualquier tema, con la sonrisa en toda su cara. Te la imaginas tomando su mano. Te la imaginas con su mano sobre sus muslos, metiéndose su pene en la boca mientras acaricia sus testículos. Te imaginas su pelo sobre el pecho de El. Te la imaginas canturreando mientras hace las tareas de la casa. Te la imaginas presentándoselo a sus padres. Te la imaginas con un vestido de novia mirándole con pasión, con un cariño infinito, con una promesa de un para toda la vida. Echas de menos lo que se llama vida en común: el aguardar el sonido de un timbre o de una llave; el mirar el reloj porque parece que se retrasa; el dejar que la conversación resbale y decaiga porque el silencio se instala como un huésped benéfico en medio de los dos; el dar las buenas noches con un beso liviano que abre camino a otros besos más hondos; el discutir qué película ver; el tener los libros en el suelo o en cajas por no tener sitio para estanterías. La vida en común que sabes que Ella tiene y adora. Esa vida en común que muchos detestan, que muchos tildan de difícil. Pero es que esa lucha y ese arduo camino es lo que tú quisieras y te parece delicioso de veras poder compartir todo con alguien. Y te refieres a todo: la pasión, la dulzura, la ternura y también los malos modales, las facturas, el estrés, las enfermedades, la risa, la calma, la música, el día de trabajo agotador, y todo, todo, absolutamente todo.

No has llegado aún a tu casa, aunque falta poco. De repente te imaginas que Ella está contigo, que plancha tus camisas y besa tus párpados. La recuerdas perfectamente. Eres consciente (en realidad siempre lo has sido) de que no merecías tanto como Ella te dio. Ella no es para ti. Ella es para El. Son tan felices. Y tú... tú ya has llegado a tu casa. Esa casa que los arquitectos construyeron para la soledad. Esa casa en la que nadie te espera. En la que no esperas a nadie. Quizá tan sólo ocasionalmente. La gente va y viene, como tu ánimo. Hay más pisos. Hay más habitaciones. Pero una casa que se conoce entera no merece habitarse. Total, tú siempre entendiste de casas. Cada uno tiene lo que se merece. Al menos esa certeza tienes.

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19 Abril 2006

CON LAS MANOS LLENAS

Vengo de la calle. Sola. Recuerdo cuando bajaba con Buster. ¿Tanto tiempo ha pasado? Casi en mayo y hace un fresco poco habitual. Quizá sea mi corazón que está frío. Me pongo un jersey. Quizá me haya puesto el jersey a modo de coraza contra los peligros de esta primavera que empieza, convaleciente aún de la larga enfermedad que me supuso el invierno de cinco años de relación patética, de su larga tristeza. De tantos sinsabores sin más recompensa que la de haber, finalmente, terminado.

Escribo estas líneas (ayer lo hice con pluma, al menos en casa así lo hago, abandonando –sólo temporalmente- el ordenador). Escribo estas líneas –decía- con esperanza (esa virtud bajita con las piernas más cortas que la caridad o la fe). ¿Qué sería del mundo si no hubiera esperanza?

La seguridad nos hace débiles. Estoy totalmente convencida de que cuanta más seguridad tenemos en nuestro entorno, más espontaneidad perdemos. <
>,
nos dicen nuestras madres. ¿Seguridad de qué?, me pregunto yo.

La inseguridad nos hace hostiles: herimos a los demás con nuestro escudo más que con nuestras armas. El temor a no ser bien recibidos nos impide intentar que nos reciban. Y, sin embargo, nadie sabe su verdadero nombre hasta que no es llamado por una voz ajena. Pero, la verdad, la seguridad pierde al hombre. Es curioso que los padres, para el porvenir de sus hijos, a quienes aman, aspiren a la seguridad. Seguridad, ¿de qué?: de ingresos, de instalación, de accesorios, de posición, de exterioridades. Seguridad, ¿a costa de qué?: de iniciativas, de movilidad, de viveza, de riesgo, de progreso (es decir, a costa de aquello que de más humano –por frágil, por crecedero, por íntimo, por perfectible-viene del hombre).

A cualquier opositor se le anima diciendo: <
>.
Qué terrible amenaza la de estar ya seguro. Qué pena para las oposiciones, ser mejor que los demás.

Igual que monopolizar. Los monopolios significan llevar al extremo aquel sentimiento de victoria-por-incomparecencia-de-contrarios que en la seguridad apunta. Por eso podrán decir que el metro de Madrid o la estatal Renfe funcionan bien. A pesar de estas huelgas que dan lugar a que espere casi media hora en la estación por las mañanas y más de una hora ayer por la noche. Y decía yo a un señor bajito y con una bolsa para el portátil al hombro: <>. <>, decía él, inexpresivo. Pues también es verdad, pensé yo...

Pero, decía, escribo estas líneas con la esperanza de que habrá un mañana mejor, de que esta situación es sólo temporal, de que el ser humano es fugaz, pero también auténtico. Con la esperanza de que, al menos, habrá un mañana. Con las manos llenas de todo lo que yo soy. Con las manos llenas... con mis manos.

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22 Febrero 2006

PABLO

Decía Chillida: < >.
Llevo observando el cielo desde que tengo consciencia de mí misma. Así me crezco. ¿Puede alguien que no tiene nada crecer? Si desde mi casa puedo ver el mismo cielo que ves tú, ambos podemos crecer. Es más: somos igual de grandes siempre que miremos el mismo cielo. Alguien desde su mansión verá exactamente el mismo trozo de cielo y no por verlo desde su casaza esta persona es más grande. A veces nos pesa todo. Sentimos un nudo en la garganta que nos oprime y no nos deja respirar, nos cuesta seguir... Es el peso de todo (no, no te preocupes, no es que hayamos engordado). Nos pesa lo vivido, pero sobre todo nos pesa lo no vivido: la cama no compartida, el zumo del desayuno, las malas noticias, el plancharte tus camisas, los cuadros sin colgar, las interminables tardes de domingo. Este sentimiento está más cerca de la desesperanza que de otra cosa pero no por eso ha de hacernos más pequeños como personas.

Una vez, cuando éramos más pequeños, mi hermano encontró un gorrioncillo que no podía volar. El frío del invierno había dejado inutilizada un ala durante un breve espacio de tiempo, justo cuando mi hermano lo subió a casa. El pobre se encogía, estaba asustado y aterido de frío. Mi hermano lo tenía entre las manos cogiéndolo firme pero con delicadeza y el pajarillo trataba de echar el vuelo pero con mucha torpeza y sin éxito. Recuerdo que Buster, nuestro perro, estaba todo el rato pendiente de las manos de mi hermano merodeándole intranquilo como si esperase que el gorrión iba a ser un juguete de esos que le dábamos para roer. Después de varios minutos, el pajarillo venció la torpeza al entrar en calor y pudo echar a volar poco a poco. Mi hermano fue hacia la terraza, se cercioró de que efectivamente no iba a desmoronarse y le soltó. Nos quedamos mirándole mientras echaba el vuelo y se alejaba. Buster le miraba también con los ojillos cristalinos como esperando su vuelta en cualquier momento. Así es como los humanos nos quedamos mirando las cosas que se nos van, como esperando que vuelvan en cualquier momento. Eso es lo que conocemos como eternidad.

Afortunadamente no todo está perdido. La felicidad, decía Proust, <>. Pues sí, al menos es lo que yo hago. Por eso debe ser una máxima para ti: Sé feliz y sé consciente de que lo eres. Siempre que puedas, sé feliz. Derrocha el tiempo siendo consciente de cuánto derrochas. Utiliza el tiempo no como si fuera un pasillo angosto y reducido sino como si fuera un amplio salón de baile en el que te puedes mover libremente. Andurréa, canta, baila; aunque no tengas piernas. Sé consciente de que estás deseando como nunca hacer todas esas cosas y nunca envejecerás porque habrás vencido al tiempo. Espero estar ahí para comprobar que sigues tan joven como cuando te vi en la cafetería de El Escorial por vez primera. Espero vencer al tiempo gracias a la belleza de las noches sin dormir contemplando tu rostro tan bello.

Hay algo que me atrae terriblemente. Más que la belleza, más que la inteligencia; incluso más que la juventud. Es la alegría de vivir (la eterna Carmen de Bizet). Las ganas de vivir a pesar de todo. Esa lucha continua que es el vivir –a pesar de que la vida no es nuestra, sino que nosotros somos de la vida- nos pone continuamente en la tesitura de tener que elegir (la comida de hoy, la película de ayer, el viaje de dentro de tres meses, incluso si comprarnos un coche o no). Elegimos todo aunque a veces se nos elija por nosotros. Pero siempre que tomamos una decisión, incluso cuando ésta sea equivocada, sabemos que somos nosotros los que la hemos tomado y eso nos hace sentirnos libres. Alguien muy pobre podría elegir ser rico pero, seguramente, sería muy difícil para él salir de su pobreza o quizá no llegando por métodos no muy éticos. Aún así estaría eligiendo la forma de continuar con su vida (<>, decía fantásticamente Ovidio). Afortunadamente para nosotros no es tan compleja la acción de elegir. ¿Qué es lo que realmente queremos? Ansiamos amar y ser amados. Esa es la pauta general. Pues bien, amemos y dejémonos amar. Que sea recíproco, que merezca siempre la pena. Amemos sin recato, besando, abrazando, tocando. Qué poco tocamos y qué poco somos tocados. Mi abuela solía decir que la única gente sin tacto que conocía era la maleducada. Y es que, en nuestra condición de mamíferos, tenemos la característica de poder tocar y sentir que tocamos y que somos tocados. Yo elijo amar, tocar, besar y abrazar. Sin reparo, sin recatos más bien propios de una vergüenza malentendida. Por eso no quiero que nuestra cálida cama de amantes inagotables, de risas y de muslos estremecidos y piel de gallina se convierta en la gélida cama conyugal. No, no, eso jamás!!!!

Y amar y ser amado no es vivir de la costumbre. Tampoco lo es vivir del olvido. ¿Por qué olvidar? Realmente no creo que se olvide. ¿Acaso no estamos hechos de todo lo que olvidamos? No, yo no quiero olvidar (se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida). Pero sí pongo en una balanza las cosas que me merecen la pena y aquellas que me hacen desgraciada. Y me inclino del lado de las cosas que me hacen feliz. Y por eso me quedaré a tu lado y te invito a que me lo permitas de manera que todo lo que nos ocurra sea simplemente por una razón: porque hemos elegido vivir moviéndonos por la amplia sala de baile.

Entonces algún día le podremos decir a Chillida: <>. Y yo, Pablo, sinceramente, sé que sí.

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14 Febrero 2006

14 DE FEBRERO

Decimos amor y se nos llena la boca de mieles. El amor no es distinto de nosotros mismos; es una emanación nuestra, una urgente necesidad de descansar en algo o en alguien. Vamos por una larga carretera, y nos detenemos a pernoctar en un motel. En ocasiones pasamos en él sólo una noche; en otras, continuaremos el camino acompañados. Pero la duración de la compañía no le transforma la esencia al sentimiento. <>, se dirá alguno. <>, se dirá otro. Y, sin embargo, ya el descanso y la equivocación y el acompañamiento iban dentro de ellos. ¿Es cuestión de elegir, o sea, es cuestión de arriesgarse? No sé si se elige el amor; pero, en definitiva, lo que importa es el camino; cómo se haga es un asunto personal.
Lo que sí veo es que el amor no empequeñece, amplía. Y que el amor no se paga con el olvido, ni con el amor sólo; se paga reflejándolo, devolviendo –cada cual en lo suyo- la riqueza con que nos inundó. Y por eso, tal vez, escribo yo. Por eso quizá necesito yo materializar de alguna manera la amplitud que el amor me ha dado.

Por eso me parece una risible contradicción hablar del día de los enamorados. Intentar reducir el océano a una charca de veinticuatro horas resulta sorprendente. Tal desacreditadora fecha se inventó por vendedores de recuerdos. Pero el amor más verdadero no los necesita; está presente, iluminando todo igual que un faro: la noche y el motel y la carretera. ¿Es que acaso los amantes no saben cuál es su día inconfundible? Parece mentira que los amantes dejen que el entusiasmo y el rapto con el que el amor los arrebató concluyan en comprarse dos frascos de colonia o una corbata.
Yo vengo de ese amor; no creo que vaya más a él. Por eso me permito hablar así. Sé que no se puede decir de esta agua no beberé; pero tampoco puede decirse de esta agua beberé. Yo, por lo pronto, ya he bebido. No sé si suficientemente; está claro que nadie bebe más agua que la necesaria para apagar su sed.
De ahí que el amor dependa por entero de nosotros: de nuestra capacidad de ingerir y empapar y filtrar el agua de sus fuentes. No creo –repito- que vaya más hacia él; si me detengo en un motel de paso, no será para descansar, sino para morir, si es que morir no es sólo descansar. Y, aunque se produjese el adorable y menudo prodigio, no habrá manos, ni ojos, ni alma, ni cuerpo que me absorban, que me consuman, que me aten. Puesta a beber, mi sed sería mayor; pienso que sería insaciable. Y sólo encontraría agua en tus manos, en tus ojos, en tu alma y en tu cuerpo; absorbida, consumida y atada por ti.

No, nadie va a convertirme en celebrante del día de los enamorados. Mí día es aquél que paso contigo, o en el que hablo contigo, o en el que escucho tu voz y reímos juntos de la misma anécdota. Sólo de tal amor puede afirmarse que sea el motor del universo. Pero temo que a esa idea, en el día de mediados de febrero que se dedica a los enamorados, no se la llame amor.

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7 Febrero 2006

OIDO

Era o podía ser presumible que, en este blog, sólo se hablara de nuestra intimidad, que se tratara de una retrospección sincera y reflexiva. Pero ¿quién aparta la urgencia de la vida? Ya vuelvo atrás los ojos, me recojo en mí misma y escucho, de repente, el acuciante silbido de la realidad que me reclama. Ahora mismo. Aquí mismo.

Hoy voy a hablar -¿y cuándo no?- de la vida. O sea, voy a hablar de, como dicen los andaluces, las entretelas de mi corazón, de mi médula misma reflejada en un cristal de aumento. Porque yo te decía un día: <>. Recuerdo que mamá, como siempre más moderada que yo en todo, me apuntaba: <>. Cuánto he ansiado consumirme en tus llamas. Te digo esto, como todo, con una sonrisa en los labios, estos labios que tú has besado y que sé que aún recuerdas porque no quieres olvidar ni puedes, ni tampoco quieres permitirte el lujo de olvidar: <>. ¿Olvidar? ¿Es posible el olvido? ¿No estamos hechos de cuanto olvidamos?
Tú que me sabes de memoria y yo que te sé al dedillo, sabemos los dos que la vida es vida siempre y no tiempo. Me abate el hecho de saber que cuanta más vida tengamos, más vida habrá de morir; y, para empequeñecer la muerte, achicamos la vida. Qué tontos, Dios. Nosotros, -al menos yo-, ya no. Nunca más. Ahora agrando cada momento. Vivo para ser feliz. Ahora más que nunca.

Esta mañana he sentido un zumbido tremendo en el oído izquierdo. No sé por qué, realmente. Quizá para recordarme que hubo un tiempo en que tuve un acúfeno zumbándome continuamente la cabeza, especialmente cada noche. Qué curiosa es la mente. Esta noche he dormido de maravilla. Llevo durmiendo así unos ocho meses. Esta mañana he recibido carta tuya, felicitándome. Dedicándome un maravilloso día, augurándome un futuro mejor –supongo-. Jamás pensaste en un futuro conmigo, así que es de recibo que ahora, al menos, me desees un porvenir lleno de felicidad. ¡Cómo pasa el tiempo! Me parece increíble que hayan pasado casi seis años como un soplido. Así, sin apenas apreciar esa que yo fui. Esa que tanto te impresionó con su vida y su sonrisa. Ese seguir adelante, ese a pesar de todo que tanto empeño me ha proporcionado a la hora de continuar. Ese no parar, pase lo que pase. Además, ¿qué es el tiempo? ¿Qué es lo que el tiempo mide, y cuánto dura un beso? Yo sé que el tiempo para mí es como un salón amplio, enorme, en el que avanzo, retrocedo, freno indecisa. No es, desde luego para mí, un pasillo estrecho. Para mí es algo que, en sí, merece la pena. Y lo derrocho a manos llenas, desde luego, y con la certeza de lo que derrocho.
En definitiva la vida es como el fuego: reanima al que tiene frío si se acerca, y lo consume si se adentra en él. Morir de vida es buen final. Sé que a veces piensas que no hay que vivir así, que ese momento ya no existe. El tiempo en el que amamos nos olvidó. No, no se extravió en ninguna parte, es sólo que lo dejamos por ahí porque nos molestaba en nuestro camino. Yo, de lo que sé de ti, sé que te urgía encontrar ese momento pero también sé, como tú, que todo en nosotros es irrecuperable. Y la música, o es expresión de un concepto de la vida, o no es nada. Y si la música que yo llevo escuchando desde esa tarde de 6 de agosto es auténtica y no una simple y mera imitación, entonces un trozo de nosotros nos ha sido arrancado.

Aurore Dupin, más conocida por el pseudónimo de George Sand, escribió en una ocasión: <>>. Llevaba meses, supongo, deseando poder enviar a hacer puñetas el libro entero. Lo hice un primero de mayo, con la considerable angustia y con el arrepentimiento posterior, pero ha merecido la pena. En algún momento habría tenido que hacerlo, visto lo visto. Lo que de verdad siento (en lo más profundo de mi alma) es que tú me dijiste un día que no ibas a tirarte a la piscina por mis circunstancias y, como le pasó a la destronadísima injustamente, Isabel Sartorius, algún día te tirarás al charco con otra, incluso menos “adecuada” que una servidora. Y yo lo tendré que ver. Me queda la certeza de saber que, para entonces, yo ya habré bebido tanta agua del mismísimo océano que apenas sentiré nada al enterarme de tu destino -este océano me embriaga cada día más-. Tan sólo me quedará el amargor de no haber sabido darte de beber. Pero, al fin y al cabo, nadie bebe más agua de la que quiere. Yo, por lo pronto, ya he bebido. No sé si suficiente; mi consuelo es que nadie bebe más agua que la necesaria para apagar su sed. De ahí que el amor dependa por entero de nosotros: de nuestra capacidad de ingerir y empapar y filtrar el agua de sus fuentes. Al fin y al cabo, lo que alguien dice, lo que una escucha, que en un momento dado se clava en el alma como agujas, se va disipando como la niebla y, en cuanto sale el sol, una olvida que hubo una vez en que amó tanto que tuvo que sacrificar ese amor. Lo que jamás me permitiré olvidar fue que, al menos durante un tiempo, pude escuchar de tus labios esa canción, la canción del amor, tus palabras, tus promesas. Promesas que ni tú ni yo volveremos a escuchar.

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Tengo 37 años y, sin embargo, he encontrado el Amor hace un año. Mejor dicho, El me encontró a mí. En la figura de un hombre increíble, trece años menos que yo, y con una clase que no había conocido en ningún otro hombre. Y además, cumple todos los días!!

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