Me acabo de mudar. Estoy encantada. Pablo es estupendo, está pendiente de mí todo el rato. No sé cuánto durará, hay que tener en cuenta que le saco trece años. Vale que yo parezco más joven y, está mal que yo lo diga, pero estoy estupenda. Vale que él parece mayor. Además yo conservo las reminiscencias de una chica joven alocada y Pablo es tan serio, tan seguro, tan masculino, tan conservador. Pero no sé si será para siempre. Hay que tener en cuenta que yo me meto mis rones o mis cavas casi vía intravenosa, por no hablar de mis fumadas de Lucky (rojo, nada de light), y Pablo, como buen ciclista que es, no bebe ni fuma. Claro que en el sexo se nota que tiene 23 años, es que no paramos, jamás me dice que no, que hay que madrugar, que le duele la cabeza, ni excusas que he oído en otros hombres. Estoy encantada en ese aspecto. Pero echo de menos cuando salíamos Angel y yo cada noche hasta las tantas y nos tomábamos nuestros copazos de esto y lo otro. Pienso en ti y no sé qué pensar. ¿Estarás tú mirando la misma estrella que yo? ¿Estarás cogiendo otras manos y repitiendo las mismas cosas que algún día me dijiste a mí? El otro día te vi y no sé si eras el mismo, o acaso yo no sea la misma. Pero luego, cuando nos despedimos, me di cuenta de que sí eras tú, realmente eras tú. Y yo era la misma de siempre. No yo del todo, sino la que tú veías. No tú del todo, sino el que yo veía. Todos los días, desde agosto de 2000. Y yo me pregunto: ¿cuánto tiempo puede mantenerse la mano sobre el fuego?