El imparable frío está llegando sin remedio, cada vez lo siento más dentro, más impaciente, más amistoso, más como de la familia así que le terminaré haciendo un hueco para que se acomode y yo me acomodaré a él. De repente se confunde mi paisaje diario; se me emborronan las líneas, la pantalla. Siento frío en las manos. Siento un frío que me sube de los pies hacia arriba. Noto un peso que se sienta sobre el corazón. Intento respirar muy hondo, pero algo me distrae. Algo que se desliza por mi cara y la moja. ¿Estoy llorando? No, no estoy llorando: lloro. Sólo dos lágrimas, cuatro tal vez. Las esparzo. Luego me pregunto por qué. No lo sé, no lo sé.
Hasta hoy no lo he sabido. Hasta hoy, en que he visto, como en un otoño prematuro, el césped del jardín cubierto de hojas secas. He pensado: <
El desamado por la vida, muere. ¿Qué día murió el amor, cuya muerte hoy conozco? ¿Qué día comenzó a extinguirse aquel amor inextinguible: el que no llego jamás a vivir en mi casa, a sentarse en mi ventanita a los pies de la tarde, a dormir en mi cama, a abrir el balcón del dormitorio abrazando la mañana con un brazo y a mí con los dos? ¿Cuándo es cuando morimos? ¿Estaremos ya muertos? ¿Vivimos todavía, amor mío, o somos sólo los severos testigos de una vida cualquiera? Hoy me duele el recuerdo tanto que no puedo dejar de escuchar su canción. La canción de aquel amor imperturbable, fresco, otoñal. Amor de paseo por Madrid, amor de olor a tierra, amor de noche contemplando tu rostro, amor de vinos y de noche de estrellas y de centellas, amor de teba verde, amor de Mogarraz para dos y un solo propósito, amor de una casita de madera en el campo, amor de luna en cuarto creciente. Murió el amor, pero no la canción del amor. Aún la oigo hoy: se queda por el aire su música, sobrevuela a la muerte. La continúo oyendo, más afilada que antes, entre el ensordecedor coro de los pájaros vivos y los amores vivos. Unica y precisa. Como las hojas secas que sobre el césped se derraman. Acaso la vida y el amor consistan sólo en eso: en morir poco a poco, hasta que acabe su eco. Y nuestro eco se acaba, como el del amor, después que nuestra vida... Mientras te escribo estas líneas , aún escucho la esbelta voz del amor, de esa canción, junto a la que crecieron promesas incumplidas: las promesas que nadie volverá a hacerme nunca, y que yo no volveré a escuchar.
Y escucharé cada día de mi vida la canción del amor, la canción del otoño, tu canción. Hoy, que llueve en Madrid, vuelves de un largo viaje, vuelves de tu nostalgia. Para recibirte, qué mejor que escribirte estas líneas. Mejor, ninguna fecha. Por el equinoccio los días son iguales que las noches: se equipara la luz. Lo mismo que, a lo largo de la vida, suelen equipararse tristeza y alegría. Es un buen punto de partida, supongo que también un buen punto de llegada. Un hola y un adiós. Habrá otros holas y otros adioses, sí, pero cada momento es único: viene de otros y dará paso a otros, pero él conserva su única afinidad frente a todos.
Vendrán otros remotos equinoccios, cuando tú y yo definitivamente no estemos más; y tú y yo apareceremos congelados en lo que implica el recuerdo, como si de una foto instantánea se tratara.
Llegas a casa después de unas largas vacaciones. Encontrarás las cosas, más o menos, en el lugar que las dejaste. Me encontrarás a mí, más o menos también donde me dejaste. Continuaremos charlando tumbados en la cama, discutiendo, concertándonos por la puerta de atrás de cualquier tema. Descansarás. Cuando todos se vayan a dormir – o antes, en mitad del pasillo-, intercambiaremos una mirada, unas breves palabras –nada, en realidad- para probarnos que aún somos los que éramos y no necesitamos palabras.
Sin embargo, ya caemos del lado del otoño. No es que pesemos más, no es que hayamos engordado, tranquilo. Es que nos pesa todo, lo vivido, pero sobre todo nos pesa lo no vivido. Las largas mañanas de domingo, el zumo del desayuno, las facturas, las malas noticias, el corretear de los niños, los cuadros sin colgar...
Seguiremos hablando, seguiremos callando, comprendiéndonos sin hablar, en donde sea. Incluso después del último equinoccio. Y llegará la nueva temporada, llegará la Navidad, llegarán las uvas, el cava, los brindis (pide tu deseo, amor mío, que yo pediré el mío), y con la Navidad, las sonrisas de los niños ante el árbol, ante los regalos. Llegará el nuevo año. Llegará el nuevo otoño. Llegará el nuevo día.
Y abrazaremos el nuevo día, la nueva hora, la nueva estación. Hoy está lloviendo, mi vida. No, no está lloviendo, llueve. Abriré las ventanas para dejar que la lluvia entre en mi casa, que entre en mi vida, que llueva sobre mi alma y le preguntaré cómo se puede sonreír cuando hay mal tiempo. Aunque intuyo que no hay ni mal ni buen tiempo. Sino ganas y humor. Buen y mal humor. Y hoy, yo estoy de un excelente humor.
Pero miramos con frecuencia hacia atrás. En la muerte tenemos la mitad de la vida. No sabemos –ahí está lo peor – si lanzarnos a la piscina (sé que tú conmigo no) o bien prolongar el presente, si alargar la sonrisa del verano, o avanzar con paso firme en el otoño; si abrir la puerta al nuevo sentimiento, o escuchar el susurro de la memoria. Ahora mismo abriré el balcón de par en par y dejaré entrar el otoño, le haré pasar, dejaré que se acomode, a sus anchas, en un rincón, y me sentaré junto a él, e inhalaré, a pulmón abierto, toda su esencia. Así cierro esta carta, entre la alegría y la tristeza, llena de dudas, igual que cuando la empecé.

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