Hay días en los que una se levanta como con una soga apretándole el cuello. De sobra sabes lo que adoro yo las mañanas, lo cariñosa que me levanto cuando estás a mi lado, lo dispuesta que estoy a sonreír y a ser sonreída por la mañana, cómo abrazo ese día, la forma en que beso mi vida de ese día. Sabes bien que lo primero que hago es abrir de par en par todas las ventanas y dejar que el tiempo (el clima)–el que sea- entre en la casa, y que me quedo un buen rato asomada al nuevo día y respiro hondo. Cada día es un nuevo día y cada estación es una nueva estación y vivo, sí, vivo cada segundo como único e inolvidable porque no vivir es morir. O es dejar de vivir, lo cual no es lo mismo, es peor. Mi madre contaba un día, a propósito de mí: <
Te quería recordar que llevo varios días escribiendo en este blog, porque empecé hace ya tiempo, sí, pero he ido puliendo los comentarios. Llevo varios días desgranando mi pena.
Iba a decirte que esta vida no es vida, desde que me levanté esta mañana. Esta mañana no quería abrazar al día, no quería besar mi vida, no quería siquiera ni sonreír al mundo. Entró por la ventana mi pena, y no quise ni siquiera abrazarla, a pesar de que era mía. Muchas preguntas, muchos interrogantes me venían acerca de, por qué yo, que saboreo la vida, no quería esta mañana más que escupirla.
Te iba a decir que me desconsuelo ante la falta de ilusión y ante la desesperanza y que ya nada cabía esperar y que hoy me duele el recuerdo como una llaga en medio de la lengua. Que hoy me duele el recuerdo como nunca: me duele quien yo fui. Y sé, a pesar de todo, que es inútil y torpe conservar las flores de ayer: que cada día nuevo traerá las suyas, y su afán. Pero, a los pájaros que huyeron, a las hojas que se secaron, a cuanto pasa y vuela, ¿quién podrá retenerlo? ¿en qué jaula podríamos mantenerlo cautivo?
Iba a decirte que me duele el recuerdo y que ese dolor me ahoga, me seca el alma y me deja sin brazos con los que abrazar ni siquiera mi amargura.
Te iba a decir todo esto al mediodía. Pero esta tarde fui con mi madre a estar: yo nunca voy de visita, ya lo sabes, voy a estar (jamás visito, sino que me dejo caer y me vuelco, me meto, respiro y me dejo respirar). A estar, te decía, con el primo de mi madre, el de Valladolid, que vive en Madrid también. No sé si te conté, pero tiene tres hijos: tres varones, y el mediano tiene una enfermedad degenerativa que se llama Mal del Mediterráneo. Pero en realidad, es sólo un nombre para designar unas causas: desconocidas, unos efectos: una hijoputada de un calibre descomunal, un único final: la muerte segura, y entre medias, unos síntomas terribles: falta de crecimiento físico, osteoporosis, arteriosclerosis múltiple, pérdida del ánimo, del apetito, imposibilidad de conciliar el sueño, falta de melanina. Todo ello disfrazado de unos dolores espantosos y de unos picores insoportables. Tiene, creo que sabes, veinte años aunque parece que tuviera doce y ahí estaba en su sillita de ruedas –Dios mío- y pidiéndome que le siguiera dando vueltas a lo bestia: <<...hasta marearme, hasta marearme, me quiero marear>>. Y yo, que sabes que tengo –al igual que mi padre- esa rara peculiaridad, acaso virtud acaso defecto, de reírme en cualquier situación; no paraba de reír y de sonreír. Acuérdate del día del velorio del padre de nuestra amiga Irene que estaba yo venga a reírme, y ella más. Claro, por la situación tan de película de Almodóvar que ocurrió con la señora de la limpieza tarareando en pleno velatorio mientras barría: “se va el caimán, se va el caimán, se va pa la Barranquina” y una amiga nuestra, que dejó hace muchos años de ser amiga nuestra, nos reprendió y, claro, la contesté lo único que podía contestarla ante tal situación: <

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Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
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