Después de que el amor me haya cogido entre sus brazos, ya sólo me queda evocarlo, rememorarlo, revivirlo. El tiempo en que no te tuve dejó de existir en cuanto tú llegaste; no, en cuanto tú llegas. Llegas, y empiezo a sentir, empiezo a vivir. Empiezo. Renazco, o quizá sólo nazco en una nueva vida llena de agua, en un nuevo paisaje de ríos y cataratas, en un lienzo nuevo rebosante de colores y de vida. Llegas, y ya no hay nada que no quepa en mis manos cuando tú llegas. Llega la noche y me dispongo a atraparte entre mi cuerpo y no dejarte escapar mientras dure la oscuridad. <>, pensaba siempre cuando estabas dentro de mí. Pero no moría. A cambio, como sucede siempre, dejé de ser feliz. Ojalá muriera en una de esas. No puedo imaginarme otro final más feliz.

Cuando no estás, el tiempo transcurre en vano. Cuando no estás, el tiempo transcurre en vano. Cuando no estás, el tiempo transcurre en vano. Como el fluir de un río, esta frase va agolpando mis sentidos a medida que el reloj va marcando las horas. Ahora que no estás, el tiempo transcurre en vano. Cada día de mi vida, cuando no esté a tu lado yo miraré esa estrella. Cuando tú no estés. Cuando tú no estés, besaré esta tierra, tu caballo, los árboles, el trigo, tu río... Sé lo que significa la palabra nunca. Me digo tan a menudo: él estará pensando en mí dondequiera que esté. Se ha acabado la vida, pero quizá, a pesar de todo, él estará pensando en mí en este momento. Y miro la estrella. Ya se murió la que yo era. Lo que se ha perdido se recuerda igual que se dejó. Yo te veré siempre joven, siempre con esa cara tan bonita, siempre sonriendo con los ojos. Siempre viniendo a recogerme a casa, siempre charlando sobre cualquier tema. Tu rostro, bellísimo. La dureza de rasgos de tu nariz y tu barbilla se compensa con la suavidad de tus ojos y la dulzura de tus palabras. La que yo era ya no soy más. No, nunca más. Todas las noches que pasé contigo son todas las noches que quedarán cuando a la medianoche la luna se enrojezca. Son todas las noches que evocarán remotas músicas cuando ni tú ni yo estemos ya. ¿Pueden morir del todo alguna vez unos ojos que se han mirado tanto, se han entendido tanto, se han consolado tanto? Y aunque ni tú ni yo estemos ya, sé que en esas noches cupieron dentro de mí todas las cosas, mientras el amor subía hasta mis labios, subía hasta mis ojos. Sé que en esas noches los ríos fluían con más fuerza y que cuando no utilizábamos las palabras, a las estrellas les dimos los nombres del recuerdo. Pues yo soy sólo mi recuerdo y tú, amor mío, eres solamente tu recuerdo y de eso estamos hechos. Seremos olvidados por el mundo... Aquí mismo, quizá en la habitación de nuestro Parador de Avila, quizá en el mismo restaurante que solíamos frecuentar, dentro de cientos de años, otros dos seres se jurarán amor... Y no sabrán que nosotros sufrimos, que yo canté un día una canción, que tú viste en mis labios nuevos sabores y los probaste. El amor es egoísta: Tú acabas en mí y yo acabo en ti. Así que digo, grito: “Pues acabémonos, ahora mismo”.
Qué injusto es todo, qué injusta la vida, qué equivocados los caminos que elegimos. Cuando te vi por primera vez, soñaba. Ahora sueño que ya me he despertado. Pronto va a amanecer. ¿Quién sabe si habrá más sueños? ¿Quién puede asegurarme que siempre seré yo tu sueño?
Tú estás conmigo, pero yo voy sola. Tan dentro estás de mí que no pronuncio más que tu nombre y como de tu boca. Eres dulce y azulada lluvia, río purísimo en medio del bosque, ave de mis tormentas. Pero alargar las manos es perderte. Querer ver es no ver. Y tú preguntas por mí en tu mundo cada noche, y me escribes. En lo que no soy yo te busco y, sin embargo, eres yo misma: mi arca, mi abandono, mi búsqueda de ti, oh pan de cada día, más mío que mi carne y mi hueso. Todo es cadena, pero tú me arrastras a la vertiginosa quietud en donde moras, a lo hondo de mi casa, a la recóndita cámara en que me esperas coronado, sol del sol y modelo de paisajes, para enredarme en ti con el gesto en que se olvidan de sí mismos los amantes.

Y me repito: cuando acabe el dolor. Cuando él acabe. Pero, ¿quién sabe cuándo? El león se lleva a su guarida tantas presas, que puede alimentarse, sin salir, muchos inviernos. La herida no se cierra. Algún día de un futuro no muy lejano, miraré la herida y veré que no ha cicatrizado y que mana de pronto una gota de sangre.

No quería recordarte nada de esto. Entre otras razones porque sé que tú no olvidas. Escribía, en realidad, para advertirte que han florecido, en el jardín de detrás de mi casa, los azahares tardíos del otoño. Han florecido tan deprisa que quizá cuando vengas ya se habrán deshojado. En octubre es más fácil improvisar la muerte que la vida.