ACUFENO (TINNITUS)
Los acúfenos, o “zumbidos de oído” o “ ruidos en la cabeza”, son sensaciones de oír sonidos o ruidos, cuando no hay ninguna fuente real sonora o física, que los produzca, en la literatura inglesa se denominan Tinnitus, palabra que deriva del latín y quiere decir “tintineo de una campana”. Se calcula que alrededor del 18 % de la población padece algún tipo de acúfenos. Producen alteración del sueño, pérdida de la concentración y una intensa angustia emocional, interfieren en la audición y algunos emprenden una larga búsqueda de cualquier tipo de terapia que les ofrezca alguna esperanza. Actualmente los mecanismos íntimos por los que los acúfenos se producen, se encuentran en estudio, sabemos que existen, que son síntomas, normalmente, de estrés y de preocupaciones muy graves, y que no son imaginación del paciente. Muchos investigadores en todo el mundo están trabajando en el tema de dilucidar dónde se origina la sensación de sonido. No hay tratamientos específicos para su cura, ni cirugía específica, pero sí ayudas al paciente para que logre la adaptación a ese nuevo estado que, muchas veces, se padece de forma crónica y vitalicia. (Fuente: El médico en casa. Dario Rotmann, otorrinolaringólogo).
En julio de 2001, estabas tú en La Manga, me dirigí una tarde a mi casa, al salir de la oficina, y no pude entrar en mi casa. Mi ex me había cambiado la cerradura. Ya había amenazado, aunque no le creí capaz. Yo no quería abandonar la vivienda, aconsejada por mi abogado así que no me fui a pesar de las constantes amenazas, por parte de mi ex, de que le dejara en ese momento a él ocupar la casa. Recuerdo que lo primero que pensé fue en ti. Necesitaba hablar contigo, así que te telefoneé, antes de hablar con mi abogado. Tú te acababas de levantar de la siesta, estabas de mal humor, o yo te puse de mal humor. Te conté el percance (horroroso para mí), y tú estabas distante, distraido pero, sobre todo, te la pelaba. Así de claro. Tras escucharme como quien no quiere la cosa, me dijiste que te llamaba para contarte desgracias y que te dejara en paz. Lógicamente, me quedé perpleja. No podía creer que alguien tuviera tan poco tacto, tanta falta de delicadeza. Me sorprendió. Pensé en lo desgraciada que era, en lo mal que había elegido. Estaba convencida que había hombres que me adorarían y, en caso de estar en La Manga, habrían venido corriendo para estar conmigo. Fue absolutamente horroroso. Me sentí realmente desgraciada. Así que hable´con mi abogado pero nada se podía hacer a esas horas (eran casi las nueve de la noche), así que me fui a nadar. Nadé durante más de una hora, a ritmo desenfrenado, pensando en tus palabras, en tu falta de cariño hacia mí. No quería disgustar a mis padres así que, cuando terminé de nadar, rompí a llorar desesperadamente y, para evitar que mis padres me vieran en ese estado, no fui a su casa. Simplemente me fui a El Corte Inglés, compré un tanga para el día siguiente y jabón de tocador. Llevaba en el bolso un cepillito de dientes, así que me dediqué a dar vueltas hasta la una de la madrugada por la zona de los Austrias. A esa hora, ya apenas quedaba gente en la calle, así que me refugié en un bar de copas y me bebí algún brebajillo mientras charlaba con el amable camarero, pero cerraron a las tres y yo salí a la calle. Mis padres pensando que estaba en mi casa durmiendo y yo estaba por Madrid, sola, desesperada, decepcionada, con una tristeza infinita, angustiada. Al salir a la calle, empecé a ver gente de mal aspecto, así que me metí el Cartier en la vagina para evitar su robo y seguí caminando por Madrid. Anduve hasta las tantas y, sobre las siete de la mañana me senté en un banco enfrente del Palacio Real. Hacía fresquito a pesar de estar en julio, y me acurruqué y (qué tarde) comenzó a amanecer. Fue maravilloso ver el nuevo día. Me fui a las ocho a la oficina por estar resguardada en un sitio. Me lavé los dientes, me cambié de tanga y me aseé un poco. También saqué de mi vagina el Cartier (me acordaba de Gina Rowlands en la peli Gloria, que introduce el arma en su vagina). Lavándome la cara, me di cuenta de que la tenía hinchada de tanto llorar. Y pensé en ti, en tu falta de cariño, de tacto, de amor, tu falta de hombría y de los valores más elementales de una persona. Y seguí trabajando, hasta las ocho y pico. Esa noche me fui a ver al abogado, nadé durante cuarenta minutos y fui a casa de mis padres a contarles que, en ese mismo instante, me había ocurrido lo que, en realidad, me había ocurrido el día anterior. Esa noche dormí en un colchón en el suelo, con la ventana abierta, hacía un calor horrroroso. Pensaba en ti y en mi falta de amor propio. Te había llamado esa noche y tú estabas con tu hermana y unas amigas en el porche, estabas contento, pero no de hablar conmigo. Me acosté. Yo estaba agotada y a punto de caer en el sueño más profundo. En mi oído izquierdo había un ruc-ruc que achaqué a un basurero barriendo el suelo de la calle con un cepillo de raíz. El ruido ha tardado en desaparecer cuatro veranos. El frío invierno se avecina. Mi estación favorita, el otoño, por fin llegó. Mis oídos, de maravilla. Ya seguiré escribiendo en otro momento, tengo prisa. Tengo cita con el oftalmólogo, a ver si me cura esta dichosa epiescleritis que tengo desde hace días.
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.

Arcoiris dijo
Gracias por pasarte por mi blog.... un abrazo!
21 Octubre 2005 | 06:41 PM