Siempre he tenido vocación de felicidad. Por eso sufro tanto cuando no soy feliz.
El presente es una llama que chispea intermitente, entre el recuerdo y la esperanza. Por eso en cada vida hay un momento peligroso en que puede el pasado valorarse más que el futuro, en el que el ya puede pesar más que el todavía. Y se produce entonces una descompensación grave.
Echar de menos siempre no es sensato. Y, sin embargo, qué tentación tan grande echar de menos. La tentación de volvernos, aunque no debamos, porque está prohibido mirar atrás para no convertirnos en estatuas de sal. Con cuánta fuerza nos atrae el olor de ayer, y que sólo ahora, después de irse, vemos tal como fue, voraz e iluminada. (¿Tal como fue? Quién sabe. <<¿Cómo eran, Dios mío, cómo eran los ojos del amado?>>, se pregunta la amante. Da igual: era el amado. Sus ojos eran todopoderosos y únicos. Y basta).
No es que lo sucedido fuese mejor a lo que nos sucede o, incluso, a lo que nos sucederá. Es mejor sólo por haber pasado, por haberse quedado inmóvil, intocable, como de flash fotográfico. Conserva toda su esencia. No da dolor el placer que se recuerda: lo que nos duele es no haberlo gozado, no haber sabido con plenitud entonces que aquel sabor amargo era el placer. El presente perdido es lo que duele. No nos bañamos dos veces en el mismo río.
Es lo que tenemos y somos los seres humanos: echamos de menos hasta lo que tuvimos. Eso hace el amante cuando ama. El sabe que el instante presente –ese en el que ofrece- es el más bello instante de su vida. Pero finge que no, para sentirse menos vacío, más digno de quien ama. El presente, con su júbilo, termina con el pasado. Porque, en el fondo, no existe el tiempo. ¿Quién lo mide? El latido del corazón. Y poco más hay.
Y luego una se queda sola. ¿Acaso es eso malo? No lo creo. Aunque también estoy convencida de que la buena compañía existe. Tal vez no se encuentre a la primera de cambio. Pero es mejor estar con alguien que te ama y te atiende a estar completamente sola. Qué curioso que muchos maridos se empeñen en regalar joyas o abrigos a sus esposas, en vez de regalar tiempo. Abrigos con que ocultar su soledad, supongo. Por eso no puedo oponerme al divorcio, que es siempre un gesto de renovación de ropero, un grito de redención que se inicia en el vestidor, un alivio del luto, un reconocimiento de la verdad –por dura que ésta sea- como primer paso hacia una nueva primavera.
La vida no es estar con alguien de quien no recibes absolutamente nada –ni bueno ni malo-. La vida se creó –si es que para algo fue creada- para ser vivida. Es una obligación que tenemos, vivir nuestra vida, y vivirla bien, esforzándonos en ser felices a pesar de todo y sólo ese es su sentido.
Quien no siempre estuvo solo conoce bien la gravedad que conlleva una presencia que destroza la soledad y no acompaña. Es un axioma de implacable veracidad que proclama que el ser humano no fue creado para semejante tortura, por mucho que los obispos se empecinen.
<¿Cómo>¿Cómo>
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
Joder, estoy por hacer un copy past en mi blog. Siento y estoy de acuerdo con todo lo que dices.
gracias heliopolis por pasarte por mi blog. hago constar, de todas formas, que soy católica, cumplo de sobra con el precepto. sin embargo estoy a favor de una renovación de la Iglesia porque, al fin y al cabo, la Iglesia la formamos todos no sólo los obispos en su Sínodo. Absolutamente todos estamos ahí dentro y ojalá vayamos hacia delante, con alegría y respeto porque Dios es amor pero no es el único. los demás también somos amor. por eso abogo por una Iglesia accesible, sin elitismos y cercana a todos. un abrazo.