El dirá que no es para tanto, claro. Me viene a la cabeza lo que decía Rita hayworth: “Los hombres se acuestan con Gilda y se levantan con Rita Hayworth, por eso salen corriendo nada más levantarse”.

Miro su foto, la del admirablogger, no la de la Hayworth. La foto es simpática, quiero imaginar su aspecto. Por la foto, el tipo está a caballo entre Robert Smith (The Cure) y Rupert Everett. Claro que vaya Vd. a saber de quién es la foto. Lo mismo el verdadero es más bien una especie de Brad Pitt trasnochado o lo mismo es Mari Pili ojerosa, en la red nunca se sabe. Pienso en el admirablogger, pienso en las cosas que me escribe, qué demonios, si me escribe cuatro chorradas. No, no es eso en lo que pienso. Más bien pienso en lo sexy que resulta saber que un hombre está deseando leerte, oírte, que le digas no palabras bonitas, sino que le digas las cosas que él ya sabe, pero él se imagina mi voz, no, no, ni muchísimo menos, qué sabe él de mi voz, si jamás hemos hablado. Más bien se imagina una mujer sensual, con una voz maravillosa, tumbada sobre la cama con tan sólo una blusa de guipure beige y unas medias (no panties, por favor!!!) de rejilla negras, unas sandalias (de invierno) negras con pedrería en el empeine y pulsera en el tobillo. Ella (a mí no me conoce) está sobre la cama, bocabajo, leyendo opiniones sobre la vida, el amor, sobre cosas de las que ella no sabe nada, si es que acaso hay alguien que sepa algo sobre la vida y el amor. Y él está en el suelo, sentado, apoyada su espalda sobre la pared, mirándola. Se fija en su pelo largo ondulado, en sus pies que asoman las uñas pintadas, en el guipure del liguero y en que no lleva tanga, pero le da igual que sus nalgas estén desnudas, él mira a la mujer en sí, el conjunto, el lote completo. En todo eso pienso. A mí es que estas cosas me ponen mucho. No la escena en sí, qué va, sino que él pueda imaginar todo eso. Eso sí me pone. Aparte, claro está, la foto que yo tengo puesta, se las trae. A saber lo que se imagina él. Yo tengo una foto de una chica guapísima en la que un chico guapísimo se entretiene en sus pies. Y yo no soy así. Ni siquiera la de la foto es así. Sólo es un papel que desempeña para la foto. Como decía Amber Valetta, que no sé ni quién es, creo que una modelo ya trasnochadita, <>. Yo digo lo mismo: ni yo misma soy yo misma, sino la que ven los hombres. Ni idea de cómo es la tal Valetta esta, ni si es guapa, fea, alta o baja, a mí no me suelen parecer sexies las modelos, son demasiado altas, yo mido 1,68 y me considero ya altita. A mí es que me sacas de la zeta-jones o de la Belucci y no me suelen gustar las chicas de ahora. Claro que para mujeres de verdad atractivas, Sharon Stone (ahora, no cuando era más joven), o Meryl Streep, que en Los Puentes de Madison está de lo más sexy, con algunos kilos de más y con esa bata abotonada de arriba y abajo, ese moño desenfadado, cuando sale al porche descalza y aparece el Eastwood preguntándole algo, ella está de lo más. Yo recuerdo que pensé, una escena así es mucho más sugerente que ver a Sophie Evans con un pollón en el culo, claro que yo no soy hombre. A mí es que me pone la imaginación en sí. Aparte que me gusta más el desvestido que el desnudo. Me encanta ir despojándome prenda a prenda como cuando se deshoja una flor. Lo de mi hermano es peor, se quedó en Ingrid Bergman y en su mujer, y no ve más allá. Vamos, eso asegura, aunque uno no suele confesar sus fantasías sexuales, y menos a una católica convencida. Naturalmente a mí me pone una porno, pero es algo del momento, como un desahogo, algo efímero y orgásmico a secas. No es que no me mole ese momento transitorio, es sólo que no está predestinado a durar, por tanto, no me dice nada más. Pero la escena del porche de la Streep, eso sí que perdura, al menos en la memoria. Por no hablar de la Hepburn en La Costilla de Adán, cuando se sienta en el sofá y, sin quitarse ni gorrito, ni guantes, coloca las delgadas piernas entaconadas sobre la mesa mientras las cruza y se echa hacia atrás, vaya estilo!! Como Bette Davis en Jezabel, cuando baja del caballo, y de largo!!, y llega a la casa, y claro, tan de largo me va que, al subir las escaleras, coge la fusta y recoge el vestido que queda, como si lo hubiese estado ensayando toda su vida, perfectamente colocado sobre la fusta y sube las escaleras divina, para no pisárselo. Mira que soy peliculera.
Qué hace que deseemos a determinado hombre o a determinada mujer. Por mi experiencia, yo diría que es la actitud. Y poco más. Cuando yo era más joven, era más guapa, tenía las tetas más altas –y eso que está mal que yo lo diga, pero sigo teniendo un busto de quitarse el sombrero-, pero yo era más alegre, tenía un brillo en los ojos y el cabello que ya no tengo. La juventud, digamos, que se pierde a los veintimuchos. Pero lo cierto es que sigo ligando mucho. Muchísimo. Atraigo a los hombres desde que tengo uso de razón. Y de todas las razas, edades y culturas (la Obregón también, lo sé, y francamente, yo soy más mona y más joven)). Yo gusto mucho, aunque esté feo que lo diga yo. He tenido amigas guapísimas pero no ligaban como yo. La actitud, me digo. La espontaneidad. Yo besaba (sin lengua) a los niños que me gustaban de pequeñita a pesar de los esfuerzos de mamá para disuadirme. Claro, me gustaban, así que se lo decía. No concibo esconder los sentimientos. No concibo disimular. Pretender que no se siente algo. Y eso mola. Eso se nota. No es que yo sea de las del tipo zorrita en celo ni muchísimo menos. Me encantan los hombres pero soy de las del tipo, si quieres algo conmigo, tendrás que invitarme a salir, venir a buscarme, invitarme a las copas y, tras acostarnos, estaría bueno, llevarme a casa. Y no me conformo con menos. Estaría bueno!! Yo agradeceré la cena y/o las copas y me despediré con una sonrisa y alguna frasecilla picante, para que el sujeto en cuestión se (son)ría. Y punto. Y no doy el rollo, ni necesito que me rían las gracias, ni marear la perdiz. Digamos que se nota que soy desinhibida y, como soy atractiva y muy femenina, pues tengo éxito. Nací en tacones, adoro la lencería y siempre llevo el pelo largo. Siempre sonrío, me encanta ser mujer y pintarme las uñas. Tengo unos bonitos labios carnosos que siempre llevo maquillados, y jamás me maquillo nada más. Así que esa mezcla de naturalidad con feminidad, esa desinhibición pero, a la vez, tanta discreción, me hace ser sexy a los ojos de los hombres. Eso lo sé ya, no es por ser guapa, ni por ser alta, baja, delgada o gorda. Y no quiere decir nada. No me sorprende lo más mínimo que ese tipo de cosas sean las que, realmente, triunfen. Porque, claro, a estas alturas, a mi edad, ya estás un poco de vuelta de todo. No te preocupa que te tachen de nada, porque disfrutas de tu sexualidad. Y eso se nota. En un hombre pasa igual. Un hombre seguro, viril, que no hable mucho y, sobre todo, que te mire mucho, es absolutamente irresistible para cualquier mujer. Si, además, añadimos que es el típico mujeriego, y tú lo sabes, pero va detrás de ti cuando tiene a cuatro o cinco facilonas detrás a las que apenas mira, mmmm, eso hace que te apetezca que te invite a salir inmediatamente. De todos mis amantes, no recuerdo ninguno que fuera como Brad Pitt. A mí es que ese tipo no me gusta. Me gustan muy jóvenes (más que Brad Pitt, que creo que tiene mi edad), y me da igual cómo tengan la altura, la boca, las manos o el culo, es que me da lo mismo, palabra. A mí me gustan masculinos, punto. Que haya una complicidad, que miren mucho (a mí), que hablen poco, que sonrían y que no se compliquen la vida. Que no me hablen de su trabajo, ni de sus exnovias, ni de sus madres y, muchísimo menos, de sus hijos. No es que tengan que ser inteligentes ni mucho menos, ni brillantes (no es, precisamente, el cerebro lo que se chupa), pero sí tienen que tener algo que me mueva, que me motive. Me encanta una buena polla, claro, el tamaño SI importa, y mucho, pero tienen que ir acompañadas de una mente (no brillante, pero sí susceptible de emociones, de ilusiones). Me gusta que esa polla tenga más arriba una mente, un corazón que anhele, que desee, que vibre conmigo. Que se conmueva y que sueñe con mis mamadas, que piense que cualquier actriz porno es una aficionada a mi lado porque, entre nosotros, cuando nosotras pasamos de cierta edad, le damos sopas con ondas a cualquier jovencita, especialmente en el sexo oral. Con veinte son monísimas y tienen las tetas muy altas, pero no la saben chupar, eso es un hecho. Y eso es vital para una mujer. Para una mujer que quiera disfrutar. Y una no disfruta si no se ve disfrutando a su amante. ¿Será algún complejo inconfesable que tengo? En todas mis fantasías, yo siempre soy la actora. Jamás me imagino a un hombre haciéndome sexo oral (y mira que me vuelve loca), sino que en todo momento me imagino a mí haciendo y venga a hacer. Esto y lo otro. Eso es lo que me pone. Me imagino al hombre retorciéndose y jadeando con mis mamadas, y eso es lo que me pone. Así suelo masturbarme. ¿Cómo se masturbará mi admirablogger? La pregunta es retórica, porque lo imagino. Conozco a los hombres, no es algo de lo que alardear ni mucho menos, pero así es. Y, aunque todos son diferentes, conozco bien sus fantasías. Que suelen coincidir con las mías. Al fin y al cabo, todo es sexo. Lo que pasa es que llamamos sexo a muy pocas cosas. Llamamos sexo a lo que hacen los perros, por ejemplo, y no llamamos sexo a una mota de polvo al trasluz cuando una se desabrocha la blusa. Yo sólo sé que somos sexo y así es como el mundo sigue girando. Pero que el sexo no nos ha sido dado, sino que – como la vida- nosotros hemos sido dados a él. Y, ay!! del que no lo vea así, entonces siempre tendrá remordimientos con su conducta. Mi admirablogger estará pensando: eso, eso!!! Todo es sexo!!!! Y yo sigo diciendo lo que alguien dijo una vez: “Amame poco si quieres amarme mucho tiempo”. Si es que las mujeres, en cuanto se nos cae ese halo de misterio, perdemos el interés para los hombres. Ley de vida, supongo. Tú, no, admirablogger, fanático de mi alma, mi Everett particular, tú tan sólo quieres perder el pasado de vista, borrarlo, como tú dices. Sólo quieres olvidar, si es que es lo mismo que borrar. ¿Olvidar? ¿Es posible el olvido? ¿No estamos hechos de cuanto olvidamos? <>. Ya habrá tiempo de olvidar, olvidarás hasta qué era lo que querías olvidar, me olvidarás también a mí. Pero, por favor, jamás me lo digas!!!