He vuelto a escribir. Contra todo riesgo, lo estoy haciendo. Tras muchos años, vuelvo a escribir. Para revivir, para volver a vivir lo que he vivido y para volver a sentir lo que he sentido. No sé de qué me sirve, no de mucho quizá; pero no puedo dejar de escribir. Lo hago sin ningún fin concreto, lo hago por el simple placer de hacerlo, pero hacerlo tiene más que ver con el dolor que con el placer. Pero es que no puedo hacer otra cosa. Si no estuviera escribiendo, sería porque estoy contigo. Cuando no estoy contigo, escribo. Ahora que no estoy contigo, escribo.
Durante cinco años, mi vida entera iba pasando ante mis ojos y yo no podía hacer nada. La vida antes era el futuro, ahora la vida es el pasado. Pero cada vez te recuerdo menos. No es que haya dejado de amarte, pero voy apartándote de mis cosas, de mi día a día, de mi vida. Además, nada dura toda la vida. Nada es para siempre. ¿Y qué es siempre? ¿Hasta cuándo dura siempre? Entre nosotros: siempre es sólo un poco más de tiempo. Y el recuerdo de todo. Supongo que esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo, será lo que prolongue mi vida. La prolongue y la salve.
Ahora te ha dado por llamarme de vez en cuando con nimias excusas: que te devuelva la tele que tenía en casa de mis padres, que si tengo yo tal libro, que si sé de quién puede tener tal vino. Y yo me limito a darte la información que aseguras que necesitas y nada más. No pienso hacer nada más. Ya lo hice todo. No voy a cambiar lo que tengo ahora por ti. Y no es que tenga mucho. Al menos ahora no me siento tan infeliz. La incertidumbre. Eso es. Eso es lo que me fue matando, día tras día. Y eso ya sé que no lo tengo. Pero, con todo, yo necesitaba decírtelo. Se aproxima el 19 de noviembre. Íbamos a casarnos. La última vez que te llamé para decirte que seguía amándote no lo hice para que tú me respondieras, necesitaba decírtelo, que lo supieras. No, qué va, sólo necesitaba decírtelo, aunque tú hubieses estado sordo (que, en cierto modo, lo has estado siempre un poquito), yo necesitaba decírtelo, gritártelo. Aunque no te des por enterado. No me importa en absoluto. Yo iba paseando, lloviznaba, y al pasar delante de una agencia de viajes, vi ofertas para novios. No hablaban del líbano, pero sí de mil destinos. Pero todos para novios. Yo, por mí, habría sido capaz de no salir de la habitación de nuestra casa pero, claro, tú siempre me has huido. Te dejé de interesar sexualmente justo a los ocho meses de acostarnos. Y, total, yo no quería bodorrio, ni celebración, ni invitados, ni banquete, ni viaje, que ya viajo yo cuando me viene en gana, sin excusas, sin motivo más que el de viajar. Yo sólo quería ir a San Miguel, que nos casara Don Pedro y, luego, cada uno en su casa, y Dios en la de todos. Y tú y yo en la nuestra. Sin bodorrios ni blancos ni historias. Yo me conformo con que Dios me dé su bendición. Los invitados sólo estorban. No quería ni fotos, fíjate lo que te digo. Ni vestidos caros de un único uso, ni banquete especial de inmejorable presentación. Y mucho menos baile, Dios, qué paletada!
Tú sólo le repites a la gente que lo hemos dejado porque yo me fui con otro, más joven y más deportista. Además que yo le doy mucha importancia al sexo. Y yo no digo nada. Yo no quiero decir nada. No tengo que hacerlo. Es lo que yo tengo, que no doy explicaciones. Para mí el amor es como un dogma de fe. Sin más. No necesito demostraciones ni pruebas manifiestas. Se ama o no se ama. Yo sólo sé que, en esto, las explicaciones sobran. El que no lo entiende, por mucho que le expliques va a seguir sin entenderlo. El que lo entiende perfectamente, no precisa explicación. Así que yo sólo sé que recuerdo la punta de tu lengua maravillosa tocando la mía, y recuerdo que me explotaba un calor exquisito dentro de mi útero y siempre pensaba que mis entrañas se iban a fundir y escapárseme por el coño hasta resbalar por los muslos. Y así era, supongo. Pero me sentía incompleta. Yo iba contigo, pero estaba sola. Notaba cómo el amor se había llevado su olor a tierra. Ahora noto que quizá fui yo sola la que sentía ese olor. Ya no estás, acaso yo tampoco estoy, pero no se ausenta tu rostro de mis ojos; no se ausenta tu risa de mi oído; no se ausenta tu sabor de mi paladar. Fue mucho más que un flechazo, me digo a veces, fue un disparo en la sien; un modo repentino de morir y renacer a otro mundo recién inaugurado, ileso, en el que todo recordaba lo que había sido y todo era distinto. Igual que si fuese mirada a través de otros ojos. Y así era. Habría yo cerrado los míos, por innecesarios, si no hubiese tenido la certeza de que tú mirabas a través de ellos. Pero escribo, sigo escribiendo y pienso: qué catástrofe. Qué gloriosa y ardiente y dorada catástrofe. Qué acogedoras las calles de octubre, y qué bello Madrid en otoño, y qué largos los pasillos del Parador de Avila. No; nunca, nunca, nunca. Nunca más. Quien lo haya sentido, no precisa oírlo; quien no, no lo comprendería. Nunca más, no, nunca, nunca, nunca más. La lírica no sirve para hablar del amor. Ni el teatro, ni la literatura en general. (¿Por qué, entonces, sigo yo escribiendo?). Puede que sirvan la geometría, la lógica, la ética, la biología, la economía, la física, qué sé yo: todo, menos la lírica. No es posible meter el océano dentro de un charco. No se le puede dar un nombre a un terremoto. No es posible enumerar las muertes que caben en un solo minuto, en un solo segundo. Ni las resurrecciones. La lírica debe ser entendida con precauciones, con notas al pie, con prudentes interrogantes. Y el amor es una ciencia exacta. O se ama o no se ama. Porque el amor es muchísimo más que un sentimiento: es la pura y única realidad en medio de un mal sueño. El resto sólo será real si el amor lo toca y lo usa y se limpia las manos –las delicadas manos- en su ruda disposición de invento mal y nunca terminado. No; nunca, nunca, nunca...
Por eso, y si te sirve de algo, cuando ames, ama. Ama como si fuese la primera o la última vez, como si fuese la vez única. Es probable que tú no lo entendieras; yo no sabía que el amor, que nos resucita, nos mata antes de irse. Es como una guerra. Pero sé, no obstante, leal a tu enemigo. Eso siempre te quedará. Cuando ni los dioses ni los hombres puedan ya destruirte, porque nada te quede por destruir. Aunque con toda el alma te deseo que, entre esas ruinas, se encuentre tu cadáver. Eso saldrás ganando. 
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
Dices que escribes sin un fin en concreto. Ya tienes uno: para que
yo te lea :)
El amor es complejo, como bien has relatado, y el saber reconocerlo
en uno mismo te hace digno de merecerlo. Pero es difícil
identificarlo. Lo solemos confundir con la pasión de los primeros
meses y, muchos, terminan por abandonar una relación preciosa y
envidiable en su búsqueda por recuperar ese amor que se desvanece a
los pocos meses y que, por tanto, no es el verdadero. Porque una
vez mitigada esa erupción, tienes frente a tí a la persona elegida,
la que te comprende y que reconoce en tí su complemento. La que
sabe por qué las caras se ponen largas a pesar de que escaseen las
palabras, y la que reza por que su compañera llegue sana a casa, al
trabajo y que nunca experimente ese dolor que con frecuencia nos
encontramos en cada esquina. Desgarrador el relato, y el resto que
me queda por disfrutar. Todo sigue, todo cambia salvo el cambio.
eres a la única persona que le leo más de 40 renglones seguidos