Según el diccionario, cualquier diccionario, el ubicado siente que tiene un lugar, un sitio. El o ella sabe que tiene cabida en el espacio-tiempo en el que se encuentra. Por tanto, deduzco, el desubicado carece de ese lugar. No tiene esa seguridad que le permite sentirse cómodo en un lugar o una época. Concretamente, el diccionario de la RAE, transcribe como significado de desubicado: <>. Bueno, ya será menos.

Yo me siento desubicada. Desubicada, en parte, por destronada. Destronada injustamente del lugar que me tocaba vivir y que, por las circunstancias, ya jamás viviré. Me siento tan infeliz que, muchas veces, me duele. Siento como una soga aprisionando mi pecho y entonces me siento desorientada y como si lo que estoy viviendo no fuera real. Mi cabeza da vueltas, pierdo el sentido del tiempo, de la realidad, y, por el contrario, se me agudiza el del olfato. Siento o, mejor dicho, huelo con tal intensidad el cloro de la piscina cuando era pequeña, el azufre de las interminables noches sin dormir, la ropa recién planchada, el olor a tierra en los botos cuando subía de los paseos nocturnos con Buster; que me asusto. Me asusta mi lugar actual. Porque lo desconozco. Porque no me corresponde realmente. Mi cuerpo, cada vez menos atractivo y de más edad, es enérgico, voluptuoso, generoso y sensualmente carnal. Mi corazón sigue siendo como siempre: también generoso, espiritual, vehemente, apasionado, inocente. Mi mente ha evolucionado, sin duda, hacia el conservadurismo, hacia la cautela y la precaución a la hora de actuar, en detrimento de la vehemencia que solía tener en mis actuaciones cuando era más joven. Ese ímpetu de la edad adolescente ha ido desapareciendo y noto que la edad adulta me ha hecho más sabia y más experimentada aunque, entre nosotros, esto de bien poco me ha servido. Sin embargo ni este cuerpo, ni esta alma, ni esta mente, hacen otra cosa que llevarme hasta la más completa desubicación. Y, consecuentemente, a la infelicidad y al desorden vital.

Lo bueno de ser mujer adulta y atractiva es que no tienes que dar explicaciones si no quieres. Actuando con cautela y, a pesar del dinamismo, con discreción, se puede tener una vida rica y seguir siendo admirada por el colectivo de tu familia, amistades y admiradores varios. La gente sigue pensando que eres una mujer interesante y decente, aunque, llegado el momento, una sea más perra que Emma Bovary en sus mejores páginas. Y, todo, sin dar explicaciones. Con la tranquilidad de que una es adulta, femenina y tiene el criterio suficiente como para priorizar. Si una echa una cana al aire, sabe de sobra que no va a influir en su día a día, ni en sus actuales relaciones con su familia, amistades y marido, novio o similar, si lo hubiere. Hoy en día ninguna mujer adulta (no voy a decir madura, lo siento), se va a debatir entre la vida y la muerte por un amante, por bueno que éste sea.

Jamás, en estos cinco años de relación, tuve problemas a ese respecto. Al contrario, yo me sentía viva y llenaba el vacío que tú te empeñabas en agrandar cada vez más (el vacío, claro está). Siempre dudé de ti. Mejor dicho, al principio dudaba de ti. Luego no dudaba, sabía. Yo recordaba la canción de Paquita la del Barrio: <
>
, y asentía. Efectivamente, primero una se coge la revancha, luego hay un despecho obligado y, finalmente, hay un convencimiento por gusto y, como diría Paquita, regusto, que hace que caigas en el hábito de disfrutar de eso que tanto habías desaprobado hace años. Caes en el hábito, prácticamente a diario, como lavarse los dientes, vaya. Y luego piensas: <<... y después de esas tres veces, no quiero volverte a ver>>. Sin embargo yo sí quise volver a verte. Siempre. Todos los días. A todas horas habría estado contigo. Habría yo dejado de existir en algunos momentos de haber sabido que me necesitabas. Pero no era así. Jamás necesitas a nadie. Y te felicito por ello. Yo, como dependiente de ti, tendía a la exclusividad en las relaciones. Sé bien que el amor es una cosa, pero yo siempre he fantaseado con otra: el amor eterno, único y permanente en el tiempo. Lo que ocurre es que esta fantasía es muy peligrosa porque cuenta con el amparo social. Se supone que el realismo afectivo es otra cosa, si no, no podrían seguir juntos matrimonios que llevan treinta, cincuenta y hasta casi setenta años. Yo, contigo, imaginaba que llegaría el milagro: que nuestro amor rompería las barreras del pasado, de la sociedad, de los recuerdos... (<>)
Yo siempre he concebido el amor según los patrones literarios: conquista, amor deslumbrante, apasionada entrega total y, finalmente, la gloria (felicidad y perdices a raudales). En algunos casos, bien es cierto, la felicidad no llega nunca, como a Emma Bovary o su variante española, Ana Ozores o incluso Margarita Gaultier pero, a cambio, se alcanza la inmortalidad, que tampoco es moco de pavo. En definitiva, que según el patrón occidental, una alcanza la gloria o la inmortalidad fruto de la deshonra de un amor, digamos, “equivocado”. Si no alcanzas ninguna de las dos cosas, entonces eres una desgraciada. Quizá por eso es por lo que me siento desubicada. Porque yo creía –creo- en el amor eterno, la entrega total y la absoluta dedicación y consagración al bienestar del otro.

Ahora me siento perdida, como una isla en medio de un mar de imposibilidad, de frustración. Estoy desubicada, perdida. ¿Me tengo que encontrar? Tal vez no me haya perdido, sino que tan sólo haya sido mutilada de uno de mis miembros y, como todo mutilado, siento ese miembro vivo, como si aún formaras parte del resto de mi ser, y siento, por tanto, picores, dolores, calambres. Pero ese miembro, -tú-, ya no estás. ¿Dónde van a parar los objetos perdidos? ¿Dónde se almacenan las ilusiones no cumplidas? ¿Qué se hace con los miembros mutilados una vez separados del cuerpo? Allí donde vayan, allí estarás tú, con otros miembros mutilados, esperando tal vez otro cuerpo que los acoja. Y yo, estaré con los objetos perdidos, no esperando nada ni a nadie pero sí totalmente convencida de que para acabar, es necesario haber empezado primero.