LA PETITE MORTE
Siempre es así. Cada vez que tú y yo nos enzarzamos es como si quisiéramos rescindir la frontera invisible que nos separa. Nos desprendemos de las ropas con tal brutalidad que no me extrañaría que un día terminásemos arrancándonos la piel. Estamos comiendo, o reposando, o charlando sobre un tema trivial, y, de repente, una mirada o una palabra o una risa nos abalanzan al uno sobre el otro para disipar una distancia que se nos antoja insoportable
Me he preguntado en alguna ocasión si no será que, cada uno a su manera, rebosamos un líquido o un humor que exige ser vertido dentro del otro, librarse de él para alcanzar el sosiego. Pero no: es más que eso. Nos asaltamos igual que si del asalto dependiera nuestra vida y la tuviésemos que defender rabiosamente... Y, sin embargo, tampoco es cierto eso, porque lo que sucede en realidad se parece mucho al aniquilamiento. Cada uno desaparece o agoniza en los brazos del otro, escudriñando en el otro, trocando su vida por la de él, hasta llegar al estertor final, tras del que cada uno va volviendo, volviendo poco a poco en sí, distinto ya del otro nuevamente. Qué pena da volver; sería un buen momento para morir. <
Y, cuando todo cesa, yo no recuerdo nada. Voló el ave feliz. Como prueba de que estuvo sólo me deja las agujetas del esfuerzo, de las posturas increíbles que el cuerpo accede satisfecho a adoptar. ¿Cómo haber vivido tantos años sin esta razón de ser?
Es para averiguarlo por lo que, a partir del tercer o cuarto combate, me propuse no abandonarme del todo, estar atenta, no enloquecer, subirme –o que suba una parte de mí- a un ángulo del techo de la habitación, y observar desde allí para saber lo que sucede. Pero jamás me ha sido posible conseguirlo. Y creo además que enterarme de lo que hago y sufro y gozo no me alegraría tanto como ese naufragar a la deriva en el océano que eres tú. Ese salir entera fuera de mí, sin dar razón de mí, hacia ti, que supongo también fuera de ti, y juntos, hacia el país del aturdimiento, del alarido y de la turbación, de la falta de respeto, de la falta de leyes. Un país para dos en que sólo cabe uno, sin tabús ni prohibiciones, sin lógica y sin generosidad, pródigo y despilfarrador, incrédulo en cualquier cielo y en cualquier infierno que no sean los nuestros...
Pero lo pienso y no; no es comparable a morir. Mi deleite no es comparable con la muerte; el tuyo sí. Tú te inflamas, te exaltas, tiemblas, eyaculas, y decaes y te apaciguas. Entretanto yo río, yo lloro, jadeo, clamo, y mis orgasmos no son más que un boceto, un cañamazo donde el placer borda su intrincado paisaje. Y si mis gozos son descargas como las tuyas –lo que no creo-, cuanto más numerosos, más se multiplican y más crecen. Y yo, en medio de ellos, estoy satisfecha, saciada, pero siempre dispuesta a recomenzar... Y tú, sobre mí o al lado mío, observándome, cayendo en la cuenta de que hacer gozar no es poseer, de que me escapo por las vías de un derroche por donde tú no puedes acompañarme; de que, al proporcionarme placer, abres un canal a mi barco, una puerta por donde yo me alejo de ti en lugar de solidarizarme.
Luego, sí; luego te lo agradezco. Pero en esos instantes yo estoy sola, embriagada como una posesa, como una campesina ebria, a la que, tú, desde abajo ves ascender y evadirse. Y nunca es previsible lo que sucederá, porque el deleite navega y va y vuelve por diversos itinerarios cada vez. Y de arriba abajo mi cuerpo está traspasado por ti; mi cuero cabelludo, mis orejas, mis rodillas, mis párpados, mis muslos, mis nalgas, mis poros, todos los orificios, por pequeños que sean, te reciben y acogen. Me siento follada en cada poro de mi piel. Cada combate es una encrucijada y tú estás al final de cada uno de los caminos, mojado de placer. Y así como yo puedo sentir tu esperma como culminación tuya, tú no podrás sentir cuando culmino yo, si es que dejo de culminar para otra cosa que culminar aún más. Ni puedes medir –yo tampoco- el peldaño al que trepa una contorsión mía, un fruncimiento, la agitación de mis piernas o una lubricación... Porque en mi placer nada tiene que ver con nada. Por eso no me extrañaría que te indignaras con mis sentimientos, con mi particular forma de sentir lo que siento. Comprendo que prefirieras que todo estuviese debajo de mi vientre, que mi placer se pareciera al tuyo, que lo consumáramos a la vez, casi idénticos, fluyendo los dos. Pero no es eso; no es así. Cuando tú estás colmado y te adormeces, yo estoy en el principio de la gloria; mis orgasmos aún no han terminado. Cuando tú cierras los ojos y comienzas a dormir, te rodeo totalmente y aún estoy corriendo mi carrera de obstáculos refulgentes, al saltar cada uno de los cuales palpo a ciegas los cielos... Cuanto más gasto, más tengo, mientras tú has de ahorrar y recuperarte. Mientras tú te hundes en una noche de fatiga, en mí amanece, todo se rearma y se ilumina. Y luego viene el día siguiente, y la luz entra por los recovecos de la persiana. Y te despiertas, me miras, me sonríes, y me tocas. Y sé que en ese preciso instante, en el hueco de ese primer abrazo de la mañana, me amas.
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
Silvotilla dijo
¿Es tan difícil contentarnos o satisfacernos sexualmente?
Me ha encantado tu blog.
Saludosss
25 Noviembre 2005 | 07:19 PM