No sé por qué, pero hoy he estado pensando en alguien que escribe acerca de Belle de Jour y de cucarachas, que se autodenomina misógino y que me nombra de pasada en algunos de sus escritos.
Es curioso: acude a mi cita diariamente, casi religiosamente. Cumple, de sobra, con el precepto. Me lee, saca sus conclusiones (o eso parece), y vuelve los ojos hacia sus cosas, en las cuales suele estar, de una manera u otra –y no sé bien aún por qué- una servidora.

Me ha dado por pensar si no será, en cierto modo, una especie de coartada literaria que me he creado. A veces pienso si no estará todo en mi mente. Leo a alguien y creo reconocerme en sus escritos. Me pregunto si no será exceso de presunción tal vez. Pero yo jamás he sido jactanciosa ni bravucona. Es cierto que me encanta provocar. Provocar reacciones. Me siento siempre muy viva, me faltan horas para hacer todo lo que tengo que hacer en un día. Soy nerviosa, enérgica, alegre, vivaz. Y me encanta hacer bromas. Siempre estoy bromeando. Y soy muy farolera. Esa confianza en mí misma es tan sólo fachada. No soy altanera, pero sí conozco mis límites y no suelo mostrarme vulnerable. A veces puedo ser frágil, pero no se entera nadie. Una vive como puede, qué le vamos a hacer.
Sea lo que sea lo que me pasa, pienso que hay alguien (al que ni siquiera conozco, es curioso), que a veces piensa en mí. Lo mismo son figuraciones mías, vaya Vd. a saber.

Me imagino sus fantasías, ¿me tendrá presente en ellas? No sé si realmente me hace gracia. No es que me importe pero soy consciente de que la fantasía siempre supera a la realidad. Yo, mi yo real, no estoy a la altura. No puedo competir con una fantasía. En la fantasía hasta tengo casa con vistas al mar, mientras que en realidad vivo en Madrid. En su fantasía estoy forrada de pasta, y en realidad soy una empleada asalariada. En su fantasía estoy con otras mujeres, en plan burdel y la pura realidad es que vivo con mi novio. La vida es caprichosa. Cuando tienes algo, fantaseas con otras cosas. Incluso cuando lo que tienes es mucho mejor. Aunque yo eso, por fortuna, ya lo tengo superado. Soy consciente de cuánta suerte tengo en ese sentido. No anhelo nada, ni nada espero. Tengo todo cuanto deseo. Reconozco que lo de “Anfitriona, cocinera, esclava sexual, o incluso mi ama, me da lo mismo el rol. Para morirme ya con su cariño, sus besos, su atención, pero yo a lo mío, eso sí. A verlas venir, a correrme como mucho donde ella diga, pero “tó pá mí””, me ha gustado. Sí, me gusta esa parte. En cuanto mi imaginación hace de las suyas, aunque seguramente poco o nada tendrá que ver con la imaginación del propietario de la frasecita en cuestión.

Y pienso en él, me le imagino desnudo, qué cosas, y yaciendo (boca arriba) en la cama, incluso tocándose los genitales, los muslos, el ombligo, su pecho. Recuerdo cómo se ponía la cocinera de aquel chiringuito en la playa –gorda y setentona- que era, por cierto, de Navarra; a propósito de la playa nudista que acababan de inaugurar cerca de Gandía: <> Yo más pendiente de que no me manchara con el aceite de la ensalada el traje de baño, me limitaba a escucharla sin añadir nada a su verborrea, y mi acompañante me miraba y se reía. Es comprensible que a los demás nos dé igual que el resto se pongan en bolas o que se tapen hasta la cara, porque nos da lo mismo lo que hace la gente, pero esta pobre señora, ya mayor y encima, de Navarra, cada vez que los veía en bolas se ponía de los nervios. A mí en realidad no me da igual. Sí claro, lo que hace la gente sí me deja indiferente, pero lo que hago yo, no me da igual, nunca me ha dado igual. Lo que me pasa es que encuentro el desnudo menos erótico que el desvestido. A mí me gusta expoliar la pasión, desabrocharla con lentitud, descargarla –una a una- de prendas, como si fueran pétalos de una flor. Jamás tomaría el sol con un hombre al lado en pelota picada, sería como quitarle erotismo y gracia a mi cuerpo, como si se fuera a acostumbrar a verlo en cualquier situación y yo quiero que, cada vez que lo vea, lo vea como si fuera nuevo, que le apetezca desnudarlo, desvestirlo, despojarlo de todo lo añadido. Así que pensaba en este hombre desnudo y me imaginaba que hablaba conmigo por teléfono o qué sé yo cuántas cosas más pueden pasar por mi imaginación en unos minutos. Y ni siquiera le conozco. Ni le conoceré, seguramente, -digo yo-, ni falta que hace, -dirá él. No sabría qué ponerme si le conociera. No sabría cómo acertar. Sí, sí sabría qué ponerme, me pondría mi mejor sonrisa, mi pelo a la cara y mi cordoncillo negro al cuello; pero no sabría cómo ir vestida. No me presentaría demasiado sexy, no procede. Pero tampoco debería ponerme de oficina, ni que estuviera él reclutando a nadie para trabajar. Yo me acordaba de mi abuela, que solía decir a propósito de cómo acudir a cualquier tipo de cita: <>. Adoro a las mujeres que, por serlo, hacen más hombres a los hombres, que a su vez las hacen más mujeres a ellas. Como la media naranja, me acuerdo que tenía una amiga, no del círculo de habituales, pero sí muy divertida, que solía decir < >, y creo que terminó en el andén de un tren esperando a alguien noche y día, que por cierto regresó, aunque lo hizo en coche, y luego lo vendió y creo que se casaron, compraron un monovolumen y hoy tienen cuatro hijos y dos suegras. Si es que ya nada es lo que era.

Me gusta fantasear, y no sólo en el aspecto que TU imaginas. Creo que hay lazos invisibles entre personas, incluso que no se conocen o –precisamente- porque no se conocen. Ahora se utiliza mucho la palabra química, pero creo que tiene que ver más bien con la física y con ciertos patrones del comportamiento humano. Pero no voy a hacer ningún guiño a Marvin Harris, al menos no esta vez. Creo, simplemente, que una persona es muy compleja en sí misma. Siempre he admirado a las parejas que llevan muchos años juntas. Dos personas, diferentes caracteres, distintas formas de ver la vida, que muchas veces han tenido educaciones diferentes, incluso religiones incompatibles, que vienen de familias enfrentadas (casi literario), de desiguales condiciones económicas, de edades diferentes. Y, sin embargo, siguen juntas. Realmente me parece admirable. Mientras haya amor, siempre debe perdurar el compromiso. Y pienso en su frase, tu frase: <>. ¿Con qué criterio puedes decir eso? ¿Realmente existen los carnalímetros? Ahora resulta que yo soy más carnal, más deseable, más de todo, simplemente, más. No me gustaría pensar que yo soy deseada por un hombre que tiene una mujer que, a su vez, es deseada por, digamos, mi novio. No, no puedo pensar en esas cosas. Por hoy ya he fantaseado bastante. La realidad es que esos lazos invisibles que me unen a ti, son sólo eso, lazos diminutos y muy delicados, y frágiles a la vez.
Miro por la ventana, hay un sol increíble a pesar del acuciante frío, y es que el día está precioso. Da gusto vivir, aunque sólo sea para disfrutar del invierno en Madrid. Me siento de maravilla. Y esto, no es ninguna fantasía.