Ultimamente me ha dado por preguntarme por qué siempre se ha dicho que el don de lenguas era el dominio de un idioma y por qué no sería más bien otra cosa. No hago más que repasar tu frase de que yo pongo los cinco sentidos en vivir mi vida, y sí, puede que así sea. Lo que a mí me pasa es que creo que quien inventó la vida, lo hizo para ser vivida no a medias, para que no la convirtiéramos en un ejercicio de moderación, sino para que la consumiéramos hasta el fondo, con exaltación y apasionamiento. Lo que tuve que cantar, ya lo he cantado. Lo vivido, tan sólo requiere un punto y aparte. El antes y el después. La vida antes era el futuro, ahora la vida es el pasado. Tú decías que yo pongo los cinco sentidos en todo, tal vez por eso mi problema ahora en el ojo, el recién curado oído, mi paladar que ya no aprecia ciertos sabores. Todo está tocado, en cierto modo. Pero el tacto no. El tacto es el primer sentido que el bebé desarrolla y el último en desaparecer en el anciano. Mi abuela siempre decía que la única gente sin tacto que conocía era la maleducada. El caso es que yo –educada, en cualquier caso, bastante bien- no dejo de sorprenderme del poco tacto que he tenido en mi vida. Si la carencia de un sentido agudiza los otros, a mí desde luego, me ha tocado la peor parte, precisamente por no haber tocado o por no haberme dejado tocar lo suficiente. Qué idiotas somos. Ojalá no sea demasiado tarde para corregirnos. La educación, que insistimos en llamar buena, nos conduce a tener muy poco tacto. Porque me niego a pensar que somos castos, fríos o ariscos por naturaleza, o tontos de remate, como quieras llamarlo. Me acuerdo de frases de cuando era pequeña, que decían los adultos muy a menudo: <<No cojas tanto al perrito, que lo vas a amariconar>>, o <<No me achuches tanto, que me vas a despeinar>>, o <<No me beses, que estoy resfriado>>. Qué pena.

Hemos hecho el ridículo, no me cabe duda. Hemos ahorrado tanto tacto, hemos sido tan tacaños, que tenemos tal cantidad de dinero negro en tacto que podríamos comprar lo que se nos antojara más una isla entera en el Caribe. Mi madre tenía una teoría, que ahora recién entrado el siglo XXI, los expertos están proclamando a gritos, a saber: que los mamíferos somos de sangre caliente y que necesitamos tocar y ser tocados; sentimos hambre en la piel y hambre de piel y que si esta hambre no se calma se produce un desarrollo más lento del normal, menor inteligencia y trastornos de conducta. Se ha experimentado con crías de monas. Pero sospecho que entre ellas y nosotros existen muy poquitas diferencias. También leí una vez acerca de la patética necesidad de contacto que solían tener los actores de películas pornográficas, debido, precisamente, a esa separación del cuerpo que exige la cámara para que el coito o la práctica sexual en cuestión sea vista por los consumidores, debido, precisamente, a que es el fin propio de estas películas: ver y no imaginar. En fin, que la falta de contacto no nos hace ningún bien, más bien al contrario. Nos llama la piel, nos llama tocarnos. El tacto y el roce.

¿A santo de qué he empezado a decir yo algo sobre el don de lenguas? Ah sí, ya sé: porque yo, ingenua de mí, pensaba en voz alta que esto del don de lenguas tenía que ser otra cosa y no el hecho de dominar un idioma. Así que busqué beso en el diccionario. <<Beso>>, leí: <<acción de besar>>. (Qué trasiego el de la Academia, se habrá herniado para llegar a tal conclusión). Los gestos del amor son seductores siempre. La caricia es como un prolongado y hermoso viaje. Una siente bajo su mano, bajo sus piernas, el frío y fuerte hueso del cuerpo que ama; nota que se estremece y se despliega, lento y delicioso. Pero el beso da un paso más. El beso humedece ese territorio, lo impregna, deja su blando y delicado rastro en él. Y, al llegar a la boca, se instala allí poderoso y absorto; en el lugar que le estaba destinado. El beso, sí señor, el beso es el único y verdadero don de lenguas. El hecho de dominar una lengua poco me impulsaría a mí a demorarme breves y gustosas medias horas en tu boca, en una ocupación insustituible, donde nuestras lenguas sin hablar se entienden, se acomodan, descansan y se excitan, entrelazan, resbalan, conquistan el próximo deseo, se adormecen, se transponen de gozo. El beso es el auténtico don de lenguas. No se me ocurre otro más claro. Dice Gala que el beso es una toma de medidas, que puede transformarse en la toma de la Bastilla. Buena forma de describirlo. Yo además opino que quien no lo sienta así, que prescinda de él y se dirija a la guillotina simplemente. Cuando estuve en México pasé un buen rato hablando con mi guía de la historia de Doña Mariana, la intérprete y posterior amante de Hernán Cortés, una india que atendió a los españoles y que la apodaron la Malinche (de ahí, que incluso todavía, se diga en todo México que algo es una malinchada cuando una persona vende a otra, un chaquetero, vamos). Entonces me comentaba el guía –Juan- que malinche significa lengua en el antiguo lenguaje azteca. Y hablábamos de que, realmente, el beso con lengua es europeo total, de la Europa Mediterránea, para ser más exactos: España, Francia, Italia, Grecia... Claro, la apodaban la Malinche porque hacía de intérprete entre los indios y los españoles, ¿claro?, pues no, no lo veo del todo claro. Y empecé a pensar si no sería más bien porque aprendió a besar con pasión a nuestro modo. Ahora va a resultar que, aparte de la bella lengua española, a América le dimos también nuestras fervorosas lenguas personales. Vaya momento, acaso en el próximo Centenario del Descubrimiento sea un momento ideal para volver a hacerlo. En cuanto a mí, ya lo sabes, te aseguro que para eso no hay momento malo.