La verdad, yo me lo sigo preguntando: ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es lo que hace que nos sintamos felices o ser felices o vivir felices? ¿En dónde estriba la diferencia entre la felicidad y la infelicidad o la no felicidad?, si es que es lo mismo. Decía Confucio: "Hoy he hecho feliz a mi perro, no le he pegado". ¿Es que es esa la única felicidad a la que el hombre puede aspirar? ¿Sólo cabe ahora esperar no ser malheridos, ni maltratados ni que las desgracias caigan sobre nosotros? ¿Qué hay de los momentos de felicidad porque sí? Si no existiera la felicidad, no podría existir el dolor. Si sentimos dolor es porque también podemos sentir felicidad. Así como sentimos cuando llegan la tristeza y la alegría, o sea, las hermanas cotidianas del dolor y la felicidad. Tristeza y alegría, son más útiles y más activas que sus hermanas dolor y felicidad. Sí: tristeza y alegría. Cuál Marta y cuál María eso ya no lo sé. Pero las dos son como activas asistentas que van quitando el polvo al recuerdo. Las dos tienen impulsos repentinos y a veces, les da por limpiar la casa desde el desván hasta el sótano. Cuando algo termina, aparecen los dos serviciales sentimientos: la alegría de haber llegado al final, la tristeza de haber llegado. Del brazo, las dos, se presentan ante nosotros y nosotros nos pensamos que hay que temer a una y dejar pasar a la otra. ¿Y si las tratamos de igual forma? Decía Kipling que cuando lleguen la fortuna y la derrota hay que tratar a ambos impostores por igual. Sí, es cierto, dos impostoras son la tristeza y la alegría, y yo seguiré el consejo de Kipling y las trataré de igual forma a las dos porque la alegría me recuerda que hubo momentos de tristeza y que, sin duda, los habrá y la tristeza me hace mirar los momentos de alegría que ya pasaron y acaso los que vendrán. ¿Acaso no fuimos felices? Queremos serlo a toda costa, por lo menos yo, pero tampoco ha de ser para siempre. Bueno, ni tú ni yo vamos a vivir siempre. Y entre nosotros, ¿qué es siempre? Un poco más de tiempo y ya está. Yo, bien lo sabes, prefiero acabar de una vez a no haber empezado. Lo espantoso sería sobrevivir rodeada de los tipos más capullos y despreciables, como la protagonista de mi guión de cine: Miranda, esa aristócrata que en plena guerra nuclear se fuga con uno de los ingenieros de su marido, no por amor, ni encoñamiento, ni por rebeldía siquiera, sino para vivir. Estallará la bomba, pero Miranda no se perderá el hongo. Y no se mete en el refugio antinuclear. Y vive ¿cuánto? ¿24 horas? ¿30 horas? Ay, al menos vive. Yo tampoco me perdería el hongo, sinceramente.

Pero mira, la tristeza y el dolor son media vida: si renuncio a ellos, estoy renunciando a la pasión. A la pasión por activa y por pasiva. No, me niego a renunciar al dolor. El hombre a medias – o la mujer a medias- da agua para que le den sed y da amor para que le correspondan. El hombre entero –o la mujer entera- el que o la que con naturalidad huele los olores que flotan en el aire, le llama de tú al dolor, lo encara, lo habita y deja que él lo habite. Lo mira fijamente a los ojos y charla con él, le deja que le cuente de dónde viene, de qué familia es, qué intenciones tiene, cuánto se va a quedar. Y así, ya habitado o habitada de dolor, se da cuenta de que su casa se ha ensanchado, y, cuando venga la alegría, tendrá más sitio donde recrearse. No, me niego rotundamente a renunciar al dolor, a no sentir, a no padecer. Estoy viva, así soy yo y mi vida, al igual que el dolor, es mía, y como también es mío tu olor, y no renunciaré a él el próximo otoño cuando, tímido y vacilante, una brisa lo haga entrar en mi casa y me pregunte si puede quedarse, abriré de par en par mi cuerpo y diré: <>. <<¿Dónde? ¿En tu cuerpo?>>. <>.