No veía nada. Germán no veía nada. Apenas dos rayitos de luz por la juntura de la puerta. Se acababa de despertar, había abierto los ojos. La habitación le decía poco; había estado demasiado sumergido en la nada, de la que acababa de emerger. No tenía fuerzas para determinar su situación en el tiempo y en el espacio; tampoco lo deseaba. Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado extensas regiones. En el centro de su conciencia existía la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo. Permaneció un rato completamente inmóvil, en un descanso absoluto para hundirse luego en una de esas somnolencias ligeras, momentáneas, con imágenes oníricas que suelen suceder a un sueño largo y profundo. De pronto volvió a abrir los ojos y consultó su reloj de pulsera. Fue un puro acto reflejo, porque al ver la hora se desconcertó. Se incorporó, echó una mirada a la habitación charra, se llevó una mano a la frente y con un profundo suspiro volvió a tenderse en la cama. Pero ya se había despertado; en pocos segundos más supo dónde estaba, que la tarde terminaba, que había dormido desde el almuerzo. Oía a su mujer en la habitación contigua, taconeando con sus chinelas sobre el liso suelo de baldosas, y ahora que había alcanzado otro nivel de conciencia en el que no le bastaba la mera certeza de estar vivo, ese ruido lo tranquilizaba. Pero qué difícil era aceptar la alta, estrecha habitación con su cielo envigado, los colores neutros de la pared, la ventana cerrada con sus vidrios rojos y anaranjados. Después bajaría de la alta cama para abrir la ventana, y en ese momento recordaría su sueño. Porque, aunque le era imposible reconstruir un solo detalle, estaba seguro de haber soñado. Del otro lado de la ventana habría aire, tejados, la ciudad, el mar. El viento vespertino le refrescaría la cara y en ese momento reaparecería el sueño.

En la terraza del Café de Hackenmül-Noiseaux, unos pocos árabes bebían agua mineral; la mayoría tomaba su té dulce de piñones o de menta. Los lustrabotas casi desnudos, en cuclillas sobre sus cajas, miraban al suelo, sin fuerzas para espantar las moscas que les corrían por la cara. Sentados a una mesa del rincón más oscuro del interior del café había dos jóvenes españoles: Germán y su mujer Isabel, a quien él llamaba cariñosamente Belita. Durante muchos años habían sido felices. Ahora su vida burguesa los había ido apartando al uno del otro. Al principio de todo habían vivido cómodamente, con varias casas aquí y allá, cuatro o cinco viajes al año, tres coches, un amplio círculo de amistades y una misma pasión compartida por la literatura de los clásicos y el arte modernista. Pero, cuando tras unos años, esa pasión se había convertido en rutina, tras haber abierto dos galerías en España, una en París y la última en Nueva York; toda ilusión por seguir se había desvanecido. Ella se había vuelto más desconsiderada hacia las cosas de él y él había perdido todo interés en todas las cosas en las que ella se iba metiendo. Cuando Germán había decidido hacer lo que realmente le gustaba: tocar el clarinete, Belita se opuso rotundamente. Era por el dinero, decía ella. Pero en realidad, era por la amenaza que suponía un entretenimiento como ése en su mundo de rutina. Una vez que Belita se hubo habituado a esa dulce monotonía, ya nunca más, ni por una sola vez, le apetecía ningún género de distracciones, con el fin de no llegar a descubrir que se aburría todos los días. Pero Germán era diferente. Germán sabía que podía recuperar el amor de su mujer y que, una vez desvanecida esa ilusión, debía encontrar el sueño que los uniera de nuevo. Pero acaso ese sueño no lo recordaba, o quizá ya había dejado de soñar.

- “Ayer tuve un sueño extrañísimo”- dijo Germán-. “Estuve tratando de recordarlo y acabo de conseguirlo”.- “¡No!”. Exclamó enérgicamente Belita-. “¡Los sueños son tan aburridos! ¡Por favor!”
- “¡No quieres oírlo!”-. Exclamó él riendo-. “De todas maneras voy a contártelo. Te lo contaré rápidamente. Era de día y yo iba viajando en una especie de cama con ruedas totalmente tapado por montañas de sábanas.
Belita dijo maliciosamente:
- “Consultar el Diccionario gitano de los sueños, de Madame Dominique Chofeur”.-
- “Calla”- interrumpió Germán-. “Y pensé que si quería podía empezar a vivir de nuevo, volver al principio y llegar hasta hoy, viviendo exactamente la misma vida hasta el más ínfimo detalle.Belita cerró los ojos desconsolada.
- “¿Qué sucede?”, le preguntó Germán.
- “Me parece sumamente desconsiderado y egoísta insistir en esa forma sabiendo lo aburrido que es”. Belita abrió un ojo y lo miró. Llegaban las bebidas.
El siguió con el relato de su sueño:
- “Entonces me dije: ¡no! ¡no! No podía soportar la idea de pasar nuevamente por todos aquellos miedos, por todos aquellos sufrimientos, por las decepciones, los temores, los disgustos. Y, sin motivo, miré los árboles por la ventana y me oí decir: ¡sí!. Porque sabía que estaba dispuesto a pasar otra vez por todo eso con tal de volver a sentir el olor de la plancha en la casa de mi infancia, los abrazos de mis padres, el almendro que veía desde la ventana de mi habitación de niño. Pero ahí me di cuenta de que era demasiado tarde, porque mientras pensaba ¡no!, me habían arrancado los dientes como si fueran de yeso. La cama de ruedas se había detenido, yo tenía los dientes en la mano y me eché a llorar. Con esos sollozos terribles de los sueños, que nos sacuden como un terremoto, ¿sabes? Torpemente, Belita se levantó de la mesa y se dirigió a la puerta que decía Dames. Lloraba.

El calor tunecino se veía reflejado en la Kasbah. El aire del desierto era como una bofetada en el rostro. Habían llegado a Sidi Bu Said hacía más de una semana y no sabían a dónde irían después, si acaso a Douz o Tozeur. Si se adentraban más en el desierto, llegarían a Matmata y allí habían estado ya hacía muchos años. Ella no quería volver, no quería revivir el pasado. Ya estaba todo acabado: su amor por él, sus planes de futuro, su inmensa sonrisa, incluso su ilusión por vivir. Al menos ahí, no tenía que pensar en qué ropa ponerse, ni tenía que dar explicaciones a nadie, ni siquiera tenía que contestar el teléfono. Tan sólo admirar el desierto y ver cómo se iban desvaneciendo, ya lejos en el espacio, todos estos años.

Aquella tarde, salieron a dar un paseo. Iban de la mano, como siempre. La brisa soplaba cada vez más fuerte. Donde terminaban las casas, el desierto se iba abriendo paso. El la ayudó a subir a un montículo bajo. El desierto se extendía a sus pies, mucho más abajo que la llanura de donde acababan de subir.
- “La puesta del sol es una hora tan triste... es como si algo terminara”. Dijo ella de pronto.
- “Yo no considero que la puesta de sol sea el final de nada”- exclamó él mirando hacia lo lejos-. “¡Oh, Belita! Estás loca, la puesta del sol es una hora maravillosa”.No contestó. La entristecía comprobar que, a pesar de tener tan a menudo las mismas reacciones, las mismas sensaciones, nunca llegaban a las mismas conclusiones, porque sus respectivas metas en la vida eran casi diametralmente opuestas.
Se sentaron en las rocas, uno junto al otro, frente a la inmensidad de la arena. El miraba hacia delante; después suspiró y, finalmente, sacudió lentamente la cabeza.
Lugares como éstos, momentos como éste eran lo que Germán más amaba en la vida; Belita lo sabía y sabía también que los amaba más si ella estaba presente para compartirlos. Para Germán amar significaba amar con mayúsculas y amar por encima de todo. ¡Y hacía tanto tiempo que ya había desaparecido el amor, toda posibilidad de amor!

Mientras permanecían ahí, en silencio, Germán dijo con gran ansiedad:
- “¿Sabes? Creo que los dos tenemos miedo de lo mismo. Y por una misma razón. Nunca hemos conseguido, ninguno de los dos, entrar en la vida. Estamos colgando, en la puerta de la vida, esperando nuestra oportunidad para entrar, mirando por el escaparate, pero cuando queremos darnos cuenta, ya han puesto el cartel de cerrado".
Ella no dijo nada. Sólo cerró los ojos un momento y varias lágrimas le empaparon las mejillas y los labios. Entonces Germán la besó.

Cuando regresaron al hotel, ya de noche, subieron a darse una ducha rápida, se vistieron y bajaron al vestíbulo. Entraron al comedor y cenaron, apenas sin intercambiar una palabra. El dijo que se quedaría un rato leyendo el periódico y Belita, con el rostro visiblemente cansado, subió a la habitación a dormir.
Entonces Germán hizo algo curioso. Se fue solo al mercado, se sentó en el café unos minutos a contemplar a los hombres y los animales a la luz tímida de las lámparas de carburo y comenzó a andar hacia el mismo sitio donde habían estado Belita y él hacía sólo unas horas. Allí arriba, entre las rocas, hacía frío, soplaba el viento de la noche. No había luna; Germán no veía el desierto que se extendía a sus pies. Sólo las duras estrellas titilaban en el cielo. Se sentó en la roca y dejó que el viento le helara la cara. Entonces se puso a pensar en Belita, en su pelo negro ondulado, en sus labios perfectamente perfilados, en sus pechos suaves y duros, en su magnífica sonrisa. Y sintió una soga que le apretaba el cuello. Era como la soga que, diariamente, va apretando con lentitud y parsimonia. Era la soga de su muerte, de su suicidio. De su suicidio diario: la resignación, la que tantas veces se había negado a aceptar y abrazar y, sin embargo, seguía sintiendo la soga apretando y cómo ésta le iba dejando, cada vez más, día a día, ciudad a ciudad; sin respiración. Mientras bajaba hacia el hotel, comprendió que nunca podría confesar a Belita que había vuelto a aquel lugar. Belita no entendería que hubiera querido volver sin ella. O quizá, reflexionó, lo entendería demasiado bien.