Hoy ha muerto el singonio. Llevaba conmigo desde el 96. Lo encontré en el jardín del Mena House, frente a las Pirámides. Era una ramita de singonio con tres hojitas lánguidas y lo cogí para traerlo a Madrid. Mi idea, en un principio, había sido la de buscar al jardinero que algún día llegué a ver en la piscina, y darle la rama con el encargo de plantarlo apropiadamente. Luego pensé que tal vez le resultaría más fácil arrojarlo al cubo de la basura y, sin concenderle el beneficio de la duda, metí la ramita en una botella de agua Ciel, lo tuve los días que me faltaban de permanencia en Gizeh y lo llevé en el avión hasta llegar a Madrid. Diez días antes, pernoctando en El Cairo (yo lo prefiero a Gizeh, enseguida ésta se me queda pequeña y perfectamente encuadrada mientras que aquélla siempre es grande, enorme, contaminada, incoherente, caótica, maravillosa), me había acordado de mis plantas. Siempre las dejo al cuidado de mamá cuando viajo pero las plantas son caprichosas y, si las dejas mucho tiempo a cargo de otra persona que no se ocupa tanto como yo, al final empiezan a hacer cosas extrañas (una cheflera que tuve le dio por tirar hojitas al suelo y mamá la cambiaba de sitio pensando que era por las corrientes, pero en cuanto yo volví, la cheflera dejó de echar hojas; por no hablar de una chumbera que dio flores, fenómeno poco habitual en un cáctus, naturalmente nadie creyó ni una palabra de lo que voy a contar porque los cactus rara vez echan flor, pero como la tenía cerca de unas begonias que requieren mucho más cuidado, cada día dedicaba más tiempo a éstas, y desde mi punto de vista, la chumbera debió pensar que mi atención se debía a que aquéllas tuvieran flores, así que echó una florecita a ver, y resultó, porque la hice más caso para que no se muriera la flor aunque, finalmente, ésta se marchitó en apenas dos semanas). La verdad, desconozco los motivos de las plantas, pero siempre tratan de acaparar tu atención.

Hoy ha muerto el singonio. Recuerdo cómo lo cuidaba en la terraza de la iluminada habitación del Mena House. A la sombra, naturalmente. Fue sólo un día, pero revivió, se hidrató, se puso verde y guapo. Incluso a veces me parecía que sonreía. Como si de un perrillo se tratara, adiviné que quería venirse conmigo así que lo traje a Madrid. En apenas cuatro meses tenía ya cerca de cuatro tallos y más de una veintena de hojas. En un año empecé a hacer esquejes de él y saqué otros cuatro singonios más, hijos todos de él, igual de guapos y de sanos que su padre, pero incluso más altos. Desde entonces, había venido conmigo a la playa (su sitio favorito, el Mediterráneo. Se le escuchaba cantar su canción cuando estaba en la terraza frente al Mediterráneo), al Oriente Medio, incluso una vez asistió a un campeonato de wind surfing en Tarifa. Hoy me he enterado de que el singonio había muerto. Hasta hoy no lo he sabido. Hasta hoy, en que he visto, todas las hojas secas sobre el suelo. Las corrientes, pensé. Pero realmente no he caído en que el aire no levanta las hojas vivas. Es decir, lo que vuela no vive: vuela tan sólo. Y sin saber volar. Nosotros, que avanzamos con torpeza alrededor de nuestro corazón, sentimos la fatiga de las promesas que no se cumplen nunca. Vemos ir y venir a cuanto vuela, tan cerca y tan lejos a un tiempo. No hay nada más sencillo que un ala por el aire, que una hoja por el aire, que las motitas de polvo en un halo de luz; no hay nada más sencillo y más ajeno. Pensaba yo. Y entonces vi que el singonio se había muerto. Yo sabía que, los otros árboles no, pero el singonio es delicado, sabía que me echaría de menos y que se dejaría morir. Tanto ir y venir de Madrid a Barcelona en el 2000, se ponía furioso. Estoy convencida de que pensó que yo jamás volvería y se negó a que sus raíces chuparan los hidratos y se dejó morir. Los hijos son muy independientes, la cheflera poco caso me hace ya y los potos están acostumbrados a mis viajes. Pero este singonio encontrado en El Cairo que nació sin pedigrí alguno enfrente de las Pirámides, no supo si yo volvería, no supo si volvería a sentir mi presencia, si volvería a ser sacado a la terracita cuando pulverizaba sus atléticas hojas, si volvería a sentir los quelatos de hierro en la tierra cuando sus hojas empezaran a ponerse amarillas, si acaso volvería a sentir mis piernas que lo rozaban cada vez que yo me subía a mi ventanita con las manos ocupadas con un té, un cigarrillo y mucha esperanza. Y decidió morirse. El singonio murió. El desamado por la vida, muere. ¿Qué día murió el singonio, cuya muerte hoy conozco? ¿Qué día comenzó a extinguirse aquel amor inextinguible: el que no llego jamás a vivir en mi casa, a sentarse en mi ventanita a los pies de la tarde, a dormir en mi cama, a abrir el balcón del dormitorio abrazando la mañana con un brazo y a mí con los dos? ¿Cuándo es cuando morimos? ¿Estaremos ya muertos? ¿Vivimos todavía, o somos sólo los severos testigos de una vida cualquiera? Hoy me duele el recuerdo tanto que no puedo dejar de escuchar su canción. La canción de aquel amor imperturbable, fresco, otoñal. Amor de paseo por Avila con la luna detrás, amor de olor a tierra, amor de noche contemplando tu rostro, amor de vinos y de noche de estrellas y de centellas, amor de teba verde junto al naranjo, amor de plato para dos y un solo tenedor, amor de luna en cuarto creciente. Murió el singonio, Angel, pero no la canción del singonio. Aún la oigo hoy. Le sucedió lo mismo que al amor: se queda por el aire su música, sobrevuela a la muerte. La continúo oyendo, más afilada que antes, entre el ensordecedor coro de los singonios vivos y los amores vivos. Unica y precisa, quebradiza y dorada. Como las hojas secas que sobre el césped derraman su memoria. Acaso la vida y el amor consistan sólo en eso: en morir poco a poco, hasta que acabe su eco. Y nuestro eco se acaba, como el del amor y el del singonio, después que nuestra vida... Mientras te escribo estas líneas apresuradamente, con la urgencia de quien no está segura de llegar hasta el fin, aún escucho la esbelta y grácil voz del singonio, junto al que crecieron promesas incumplidas: las promesas que nadie volverá a hacerme nunca, y que ni él ni yo volveremos a escuchar.