Gastos de envío y otros lances
Raimundo Rodríguez se despertó diez minutos antes de que su despertador se pusiera en marcha. Se suponía que debía estar nervioso por la entrevista, sin embargo se sentía tranquilo. Tenía cincuenta y seis años y jamás se había sentido protagonista de nada. Ni siquiera cuando viajaba en ese tren a Vigo mirando todo el trayecto por la ventana. Su madre le había estado hablando, y él apenas la hacía caso hasta que le advirtió de que terminaría con la vista defectuosa de tanto mirar por la ventana. En apenas dos semanas tuvo la necesidad de visitar al oftalmólogo por una conjuntivitis. El verano siguiente ya usaba gafas.
Tras veinte minutos bajo el agua de la ducha, Raimundo Rodríguez se vistió con sus pantalones crudos de felpa y su camisa de algodón a cuadros. Salió a las siete en punto para llegar a la estación de San Fernando a las siete y veinte y tomar el tren de las siete y veinticuatro que le dejaría en su lugar de destino a las ocho en punto. Anduvo durante diez minutos hasta el metro y, una vez en la salida de Plaza de España fue caminando hasta el número 26 de la Gran Vía. Al entrar en el vasto portal, no tomó el ascensor. No lo había vuelto a hacer en veinte años desde esa vez que tomó uno en casa de su tía Adelaida tras la visita quincenal, -al fin y al cabo ella fue quien se hizo cargo de sus estudios de Estadística-, y bajando, ya en el cuarto piso, una señora gorda y con una verruga en el mentón paró el aparato para subirse junto a su perrito pequinés y un bolso enorme de plástico negro. Raimundo la miraba fijamente hasta que, casi en el piso bajo, ella le espetó lo de que el perro era buenísimo y que si no era así, que se parase en ese momento el elevador. Casi al llegar al primer piso, el aparato paró en seco, desestabilizando a la gorda, al perrito pequinés y al gran bolso de plástico. Raimundo estuvo tranquilo durante la media hora que tardaron los bomberos en sacarlos de ahí. Lo peor de todo fue aguantar a la gorda llamándole gafe, cenizo y aguafiestas por tan infortunado incidente. Por supuesto el perrito pequinés fue buenísimo y tan sólo se limitó a lamer las asas del bolso y a abrir la boca mientras su gorda propietaria profería todo tipo de descalificaciones a Raimundo.
Enriqueta Flores terminaba de arrancarse un pelito de sus afiladas cejas ante el espejo cuando uno de los becarios, desde el otro lado de la puerta del lavabo, le apremiaba para que fuera saliendo. Si algo no soportaba Enriqueta Flores era a esos becarios jóvenes y omnipresentes. Llevaba en antena casi treinta años y, en la actualidad, era la estrella de las mañanas radiofónicas con su programa Gente de a pie y no podía tolerar que un jovencísimo becario en vaqueros y camiseta de South Park le dijera cuándo debía salir del lavabo. No obstante su disciplinario cumplimiento del deber hizo que estuviera ya sentada tres minutos antes de que se iluminara el cartel rojo de en el aire. Una hora y media después del comienzo del programa, le pasaron la nota para avisarle de que “el gafe de las ocho y media” ya había llegado y estaba listo para la entrevista.
Tras cuatro minutos de publicidad, y después de haber revisado juntos la estructura de la entrevista, Raimundo Rodríguez y Enriqueta Flores se sentaron en la mesa ovalada caoba. Y comenzó el interrogatorio tras unas palabras de presentación.
- “Y... díganos, Don Raimundo, ¿Cuándo se dio Vd. cuenta de que es gafe?”
- “Pues mire Vd.- respondió parsimonioso Raimundo Rodríguez- fue desde muy pequeño. Mi madre, Doña Adoración de los Angeles Rodríguez, una señora respetadísima en el pueblo, devotísima y muy decente, era una sabia. En cuanto me decía ponte la chaqueta que te vas a resfriar, al día siguiente un servidor permanecía en cama con fiebre. O cuando me dijo una vez, no te subas a esa bicicleta que te vas a caer, pues tuve que llevar escayola en la pierna derecha y en ambos brazos”.
- “Es decir, Sr. Rodríguez- seguía preguntando Enriqueta Flores mientras consultaba el reloj de la pared- que Vd. está convencido de que, cada vez que se le advierte de una desgracia, Vd. va derecho a ella”.
- “Pues sí, la verdad, así ha sido siempre. Un día mi hermano Sebastián, el mayor de los ocho, llegó a casa en un permiso del servicio militar y me puse su boina de paseo mientras me miraba al espejo. Como yo no era muy alto y apenas tenía barba, seguía pareciendo un crío y Sebastián rompió en carcajadas cuando me vio con su boina y me aseguró que con esa cara parecía un conejo. Esa misma primavera, iba yo paseando por el campo con unos amigos de la escuela, cuando noté en mi cuello un escozor insoportable. ¿Yo cómo iba a saber que estábamos en el interior de un coto privado de caza? Pues fue un perdigonazo, fíjese. Como si yo fuera un conejo, claro que ya lo había dicho mi hermano Sebastián”.
- “Vaya, hombre. ¿Y Vd. sufre entonces?”, continuó Enriqueta Flores.
- “Pues sí, mire usted. Nadie sabe lo que es esto. Es que no falla. Alguien me vaticina alguna desgracia e, inexplicablemente, ésta se cumple. Y, claro, yo sufro muchísimo porque mi experiencia me dice que voy a caer en todo tipo de desastres y desdichas. Como cuando mi amigo Lucianito, que era un trasto y siempre andaba metido en líos, me animó a que le acompañara a robar alguna gallina de casa de Don Romualdo, el de la casa de al lado del río, ¿sabe Vd.?, y yo fui con Lucianito todo el rato pegado a su vera porque iba muerto de miedo. Entonces Lucianito se enfadó muchísimo y me dijo que parecía un cromo, todo el rato pegadito a él”.
- “¿Y qué pasó entonces, D. Raimundo? ¿Algo malo ocurrió, también en esa ocasión?”
- “Pues bueno, yo me separé mucho para que Lucianito no se volviera a enfadar, y entonces él me dijo que no me iba a querer nadie por pesado. Y, mire usted, yo jamás he tenido a nadie. Mi madre, Doña Adoración, murió y mis hermanos y sobrinos apenas los veo una vez cada dos años y siempre tienen excusa para evitar mi visita y yo jamás me he casado ni ninguna mujer se ha interesado por mí, ni siquiera cuando la herencia, ¿sabe a qué me refiero?”
Desde detrás del panel, Enriqueta Flores recibió la señal de que el tiempo de la entrevista había concluido y, mientras observaba los pantalones de felpa de Raimundo Rodríguez, su camisa antigua, su peinado relamido, sus ojos saltones y sus hombros caídos, despidió el programa:
- “Y aquí finaliza nuestro protagonista de hoy, Don Raimundo Rodríguez, quien lleva sufriendo los designios de la suerte muchos años. D. Raimundo, gracias por haber asistido a Gente de a pie. Le deseo de todo corazón que jamás vuelva a sufrir, que termine su eterna mala racha y que acaben todas sus desdichas de una vez por todas”.
Semanas más tarde, un domingo luminoso, Enriqueta Flores ojeaba el periódico mientras tomaba a sorbos una taza de café: las mismas noticias de siempre, los anuncios de inmobiliarias, los clasificados, las fulanas, travestis y los números de teléfono para un calentón. La misma mierda de siempre, pensó. Mientras tanto, a unos veinte kilómetros de la madrileña Gran Vía, apenas amaneciendo, Raimundo Rodríguez yacía en su cama con su pijama abotonado de algodón. Tardarían seis días en encontrarle los vecinos. El juez levantaba cadáver y, mientras apuntaba algo, la vecina del cuarto piso, todavía en bata y sin peinar, leía por encima del hombro del juez unas líneas: <
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
MaNUEL dijo
Un relato lleno de mensajes.
27 Diciembre 2005 | 12:28 PM