Si alguna vez he sido feliz, ha sido en Africa. En ningún lugar ni en ninguna época como en Africa.
Desconozco la explicación científica, pero la luz es diferente en Africa. En Africa, el tiempo se detiene. No me gustaría pensar que no vaya a pasar ratos parecidos a los que he pasado ahí, pero sé, casi con total seguridad, que tan sólo recordar esas horas, días, semanas, y su magia; me llena de gran dicha.
No es sólo felicidad física. No. En Africa el tiempo se detiene, todo lo demás no tiene importancia. Apenas una puede pensar en algo que no tenga que ver con lo que ahí está viendo: los zocos con calles de sal-si-puedes, las interminables sonrisas de sus gentes, el caos tan bello, la luz entrando por arriba siempre, los alminares de sus mezquitas, la llamada a la oración del almorábide y el eco de las demás mezquitas, los encantadores de serpientes, el barullo de las tatuadoras de Henna, los abrazos de los niños descalcitos. Y no es sólo esa felicidad física. Es también ese amar la felicidad presente.
El dolor también se siente, también se para. Y es evidente que el corazón se cansa. Se cansa de amar, se cansa de sufrir, se cansa de mantener los ojos fijos, se cansa del esfuerzo prolongado y continuo que supone alimentar cualquier fuego sagrado. El corazón no es un atleta. Lo que caracteriza al atleta es su preparación de cada día, el duradero impulso, el entrenamiento sin desmayos. La proeza es sólo una anécdota, la meta es lo que sobreviene.
Cuando un amigo se suicida sin éxito –y la expresión ya tiene guasa-, le llevamos flores y libros y revistas como si fuese una recién parida (de alguna forma lo es, pues significa el triunfo de la vida), pero, ¿acaso lo vimos, antes, consumirse, enfriarse, irse acercando a la muerte poco a poco, echando una ojeada alrededor? Cuando un amor nos abandona, lo daríamos todo, todo, para que no se fuera, pero ¿acaso cuando era huésped nuestro lo sonreímos; cuando era imprescindible le dijimos palabras cariñosas, le rozamos la mejilla o el pecho o la cintura, le cedimos el sitio más soleado de nuestro corazón? Qué confuso y reacio el corazón humano, que sólo reacciona bruscamente cuando la última pena se aproxima.
En Africa, algo así me ha pasado siempre. Cada vez que vuelvo de Africa, abro mi casa con la sensación de que no me he despedido apropiadamente, con la sensación de que debo volver cuanto antes. Siempre he pensado que la luz es diferente en Africa. Los atardeceres no son como en Europa, como en América. Me atrevería a decir que tan sólo he sentido esto en el desierto. El cántico bajito de los camelleros, el sol grande y anaranjado sobre la arena. El ulular de la brisa, ese calor infinitamente cansado.
Mi anhelo inquebrantable hacia lo bello, digamos, muere aquí. Hacia lo bello y hacia la belleza. Podía, de hecho, morir ahí. Después de haber estado en el desierto, después de haberme sentido iluminada por sus pueblos, sus calles, sus casas y sus gentes. Podría morirme en ese mismo instante. Porque la belleza –la diana del alma-, lo mismo que el amor en el Paraíso, es lo que mueve al Sol (ese sol grande y bello), y a las demás estrellas. También al Sol y a las estrellas de este amanecer de hoy en Madrid. Amanecer que será cuna de otros muchos. Siempre ha sido así. A Dios gracias.
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
Al leer tu articulo me has hecho recordar mis viajes a Africa. Qué recuerdos!!
Coincido contigo en que es un continente fuera de serie.
Este año... quizás vuelva a ir!
He viajado bastante de placer y por ahora me quedo con Africa.
mujer
Con esa maera de expresar todo lo que te remueve siempre tu querida Äfrica me haces sentir incómodo al no poder contrastar nada contigo. Pero prometo ir a buscar su luz algún día.
Un beso.