En Andalucía no es moro todo lo que reluce, pero mucho de cuanto reluce sí lo es. Si se molestaran –o nos molestáramos- en excavar, encontraríamos con frecuencia superpuestos templos fenicios, tartesios, griegos, cartagineses o romanos por debajo de los visigóticos y los árabes. Y, por descontado, el fundamento de gran parte de iglesias y catedrales andaluzas son sinagogas o mezquitas.

Me encanta esta tierra. Me chifla Andalucía… La mañana abre su concha sobre la mar de olivos. El mediodía se tiende sobre los huertos y los cereales, todo es amarillo, ocre; hay un sol que calienta el pan creciente, un sol que vuelve el cielo como un lienzo dorado. Cae la tarde sobre los exquisitos restos de Medina Azahara; pasta el ganado por las terracitas que descienden, con paciencia, hasta el río.

Una vez más, una comprende que en esta tierra se le hayan enredado para siempre el corazón y la memoria. Porque es un paraíso laborado, un amor correspondido, un sudor bien oliente. Y una piensa: felices quienes nacieron en un paisaje así, los sureños a los que esta luz acaricia, los sonrientes, que siembran y aguardan sosegados, y recogen…
Lo cierto es que una pequeña (o no tan pequeña, a veces) sombra oscurece esta tierra amarilla y ocre. La tan esperada reforma agraria, la falsedad de algunas gentes, la pobreza, la falta de recursos (acompañada, con frecuencia, de la falta de lluvia). Escasez. Escasez de todo y plusvalía de buenas intenciones que, con frecuencia, se quedan sólo en eso: intenciones.

¡Qué triste realidad la de Andalucía! Algo habría que hacer con esta tierra. O una reforma agraria seria, o apechugar con las consecuencias de no emprenderla. No están las cosas para chapuzas: no puede plantearse una reforma agraria como un fin en sí mismo, sino como un instrumento de cambio económico y social de una vez por todas.

Hacéldama, que quiere decir campo de sangre, se llamó al sitio donde se ahorcó Judas. Que sobre el campo de sangre de Andalucía se ahorquen las traiciones, porque España debería ser una unidad y conmoverse ante un desgarro tal. Aunque ahora, con el Estatuto, la nación y toda esta historia, no esté el horno para bollos.