Decimos amor y se nos llena la boca de mieles. El amor no es distinto de nosotros mismos; es una emanación nuestra, una urgente necesidad de descansar en algo o en alguien. Vamos por una larga carretera, y nos detenemos a pernoctar en un motel. En ocasiones pasamos en él sólo una noche; en otras, continuaremos el camino acompañados. Pero la duración de la compañía no le transforma la esencia al sentimiento. <>, se dirá alguno. <>, se dirá otro. Y, sin embargo, ya el descanso y la equivocación y el acompañamiento iban dentro de ellos. ¿Es cuestión de elegir, o sea, es cuestión de arriesgarse? No sé si se elige el amor; pero, en definitiva, lo que importa es el camino; cómo se haga es un asunto personal.
Lo que sí veo es que el amor no empequeñece, amplía. Y que el amor no se paga con el olvido, ni con el amor sólo; se paga reflejándolo, devolviendo –cada cual en lo suyo- la riqueza con que nos inundó. Y por eso, tal vez, escribo yo. Por eso quizá necesito yo materializar de alguna manera la amplitud que el amor me ha dado.

Por eso me parece una risible contradicción hablar del día de los enamorados. Intentar reducir el océano a una charca de veinticuatro horas resulta sorprendente. Tal desacreditadora fecha se inventó por vendedores de recuerdos. Pero el amor más verdadero no los necesita; está presente, iluminando todo igual que un faro: la noche y el motel y la carretera. ¿Es que acaso los amantes no saben cuál es su día inconfundible? Parece mentira que los amantes dejen que el entusiasmo y el rapto con el que el amor los arrebató concluyan en comprarse dos frascos de colonia o una corbata.
Yo vengo de ese amor; no creo que vaya más a él. Por eso me permito hablar así. Sé que no se puede decir de esta agua no beberé; pero tampoco puede decirse de esta agua beberé. Yo, por lo pronto, ya he bebido. No sé si suficientemente; está claro que nadie bebe más agua que la necesaria para apagar su sed.
De ahí que el amor dependa por entero de nosotros: de nuestra capacidad de ingerir y empapar y filtrar el agua de sus fuentes. No creo –repito- que vaya más hacia él; si me detengo en un motel de paso, no será para descansar, sino para morir, si es que morir no es sólo descansar. Y, aunque se produjese el adorable y menudo prodigio, no habrá manos, ni ojos, ni alma, ni cuerpo que me absorban, que me consuman, que me aten. Puesta a beber, mi sed sería mayor; pienso que sería insaciable. Y sólo encontraría agua en tus manos, en tus ojos, en tu alma y en tu cuerpo; absorbida, consumida y atada por ti.

No, nadie va a convertirme en celebrante del día de los enamorados. Mí día es aquél que paso contigo, o en el que hablo contigo, o en el que escucho tu voz y reímos juntos de la misma anécdota. Sólo de tal amor puede afirmarse que sea el motor del universo. Pero temo que a esa idea, en el día de mediados de febrero que se dedica a los enamorados, no se la llame amor.