Vengo de la calle. Sola. Recuerdo cuando bajaba con Buster. ¿Tanto tiempo ha pasado? Casi en mayo y hace un fresco poco habitual. Quizá sea mi corazón que está frío. Me pongo un jersey. Quizá me haya puesto el jersey a modo de coraza contra los peligros de esta primavera que empieza, convaleciente aún de la larga enfermedad que me supuso el invierno de cinco años de relación patética, de su larga tristeza. De tantos sinsabores sin más recompensa que la de haber, finalmente, terminado.

Escribo estas líneas (ayer lo hice con pluma, al menos en casa así lo hago, abandonando –sólo temporalmente- el ordenador). Escribo estas líneas –decía- con esperanza (esa virtud bajita con las piernas más cortas que la caridad o la fe). ¿Qué sería del mundo si no hubiera esperanza?

La seguridad nos hace débiles. Estoy totalmente convencida de que cuanta más seguridad tenemos en nuestro entorno, más espontaneidad perdemos. <
>,
nos dicen nuestras madres. ¿Seguridad de qué?, me pregunto yo.

La inseguridad nos hace hostiles: herimos a los demás con nuestro escudo más que con nuestras armas. El temor a no ser bien recibidos nos impide intentar que nos reciban. Y, sin embargo, nadie sabe su verdadero nombre hasta que no es llamado por una voz ajena. Pero, la verdad, la seguridad pierde al hombre. Es curioso que los padres, para el porvenir de sus hijos, a quienes aman, aspiren a la seguridad. Seguridad, ¿de qué?: de ingresos, de instalación, de accesorios, de posición, de exterioridades. Seguridad, ¿a costa de qué?: de iniciativas, de movilidad, de viveza, de riesgo, de progreso (es decir, a costa de aquello que de más humano –por frágil, por crecedero, por íntimo, por perfectible-viene del hombre).

A cualquier opositor se le anima diciendo: <
>.
Qué terrible amenaza la de estar ya seguro. Qué pena para las oposiciones, ser mejor que los demás.

Igual que monopolizar. Los monopolios significan llevar al extremo aquel sentimiento de victoria-por-incomparecencia-de-contrarios que en la seguridad apunta. Por eso podrán decir que el metro de Madrid o la estatal Renfe funcionan bien. A pesar de estas huelgas que dan lugar a que espere casi media hora en la estación por las mañanas y más de una hora ayer por la noche. Y decía yo a un señor bajito y con una bolsa para el portátil al hombro: <>. <>, decía él, inexpresivo. Pues también es verdad, pensé yo...

Pero, decía, escribo estas líneas con la esperanza de que habrá un mañana mejor, de que esta situación es sólo temporal, de que el ser humano es fugaz, pero también auténtico. Con la esperanza de que, al menos, habrá un mañana. Con las manos llenas de todo lo que yo soy. Con las manos llenas... con mis manos.