HACE UN AÑO
El pasado verano reuní mis bártulos para irme con la música a otra parte. Un año ya: Se detuvo a la puerta el camión de mudanzas. Por grande que fuese, quién iba a imaginar que en él cabría la inmensidad de los recuerdos. El tiempo va dejando las huellas de su paso en los cajones. Cuántos libros leídos y aprendidos frente a cuántas ventanas: ocuparán un sitio, frío aún, en diferentes estanterías. Cuántas pinturas que alegraron los ojos a una determinada luz, que ahora será distinta. Cuántos objetos significativos que el corazón hoy recupera antes de que mañana vuelvan a ser recónditos. Y decía yo: Han embalado mi vida. Han cogido mis cosas, que cambiarán de sitio, pero no de propósito. Han empaquetado las ilusiones desvanecidas junto a las que, hasta ayer, me llenaron de flores...
Hoy reflexiono. No dejo de pensar en las tantas mudanzas de mi vida. Sin calcularlo, se aproximan, con pasos de paloma, el tiempo en que era niña, los tibios días de la adolescencia, las evidencias de tantas tardes solitarias, los increíbles viajes, tantísimas entradas de cine, los regalos que una mañana desenvolví sonriente de impaciencia. Manejo pruebas de papel, de seda, de madera, de mármol: testimonios de la que yo fui. Mi mundo entero cabe en el camión de esta mudanza. La colección de brújulas de mi infancia aparece de pronto; la lámina de El paso de la Laguna Estigia de Patinir, el cuaderno de Centauro que un famoso escritor –hoy muerto- me regaló a mis nueve años para apuntar las citas de otros escritores; las cartas que un remoto mediodía me estremecieron... Con mis manos descuelgo el cuadro de La Virgen Lectora: mi abuela me lo dio y me ha ido acompañando siempre, siempre. Dejo caer la mirada sobre una pulserita de niña con una fecha inscrita (en las lápidas también hay inscripciones). Recojo mis artículos personales. Un cepillo de dientes dura más que el amor. Miro mis libros, las dedicatorias maravillosas. ¿Dónde se encuentran las hermosas manos que escribieron esas bellísimas frases?: ¿acaso repitiendo a otros oídos, con la misma dulzura, las dulces frases que hay escritas en estos libros? “Yo opondré a tu abandono la elevada torre de mi divino pensamiento”. No es verdad. Nunca es verdad. “Que tú eres tú: la humana primavera, la tierra, el agua, el aire, el fuego, todo, y yo soy sólo el pensamiento mío”.
Hace un año miraba la nueva casa, estaba sin rematar: toda manga por hombro. Llegaré pronto, me decía, -quizá antes, quizá sea demasiado pronto (el ansia de huir), y padeceré las consecuencias de los, hasta hace poco, monopolios: el gas, la electricidad, el teléfono, el agua se resistirán. ¿Qué importa? Al principio no funcionaban la mitad de los aparatos; la corriente iba y venía a su capricho, lo mismo que mi alma en ese momento, hace un año. ¿Qué importa? Habrá calor dentro de nosotros, pensaba. ¿No va y viene, entre el recuerdo y la esperanza, nuestra alma? Y mi pregunta, absolutamente todo todo el tiempo de mudanza: ¿Funciona de veras mi decisión de poner punto y aparte? Ahora, finalmente, sé que sí. No creo ya que me vuelva a mudar. Una vez llegó Pablo, una vez fui a donde él estaba (y estará siempre), será un punto final. No quiero moverme de donde él está.
Hay preguntas que no conviene hacer. Empezamos un párrafo. No obstante, seremos incapaces de modificar el argumento. ¿Qué muda la mudanza? Escribió Horacio que las penas se montan a la grupa y galopan a la vez que nosotros. Es cierto. Yo también he venido entre tantos enseres, y he traído la añoranza y el deseo y la capacidad de amor intacta. Yo he de esforzarme en construir entre estos nuevos muros un lugar donde no pueda ser traicionada sino por mí misma. Y eso es duro. Y temible. Soy como una solitaria solidaria. Solitaria y sin mí. En las vacías mesas pondré nuevas macetas, nuevos singonios, hijos del que murió a la vez que moría mi alma. Plantaré nuevos ficus, nuevas caléndulas que crecerán en marzo siguiente.... “Esta sangre”, me digo, “debiera ser de piedra”. Pero lo inolvidable también se olvida. Como si por repetirlo, me lo fuera a creer de una vez, me digo una y otra vez: “Sé bienvenida a tu nueva casa. La vida empieza ahora, ahora, ahora”. Qué fútiles somos, qué poco dura un beso, qué poco una sonrisa y, sin embargo, cuánto dura el recuerdo. El recuerdo me acompañará para siempre, siempre. ¿Qué es siempre? ¿Hasta cuándo dura siempre? Supongo que esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo será lo que prolongue mi vida. La prolongue y la salve. A través de esa sonrisa, ese beso, ese recuerdo, me retendrá la vida con sus insospechadas zarpas de oro. “Bienvenida a tu nueva casa. Bienvenida a tu nueva vida. Bienvenida al mundo del recuerdo. Bienvenida al nuevo paisaje de la memoria. Bienvenida....”
Diario de una desencantada del Amor, aunque buscadora incansable de la felicidad.
m6te dijo
me parece espectacular que ahora escribas cosas que nunca antes avias dicho
5 Junio 2006 | 04:30 PM